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En
El Torcal, bajo la lluvia © Carmen Rosa
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Casilla
de los pastores
Domingo 24-11-02
Cuando
llegamos al Centro de información de la Sierra del Torcal, vimos
que la mañana no estaba para andar mucho. Todos pensamos en hacer
un paseo corto.
-"¿Dónde vamos?"
-" A la Casilla de los Pastores."
-" Demasiado cerca, tengo ganas de andar."
-"Imposible. El día está muy malo."
-" De acuerdo, vamos allí y desayunamos."
-"Luego, ya veremos."
El cielo
prometía lluvia toda la mañana. Había niebla, barro,
charcos... Nos pusimos los trajes impermeables, los gorros, los guantes...,
lo que encontramos rebuscando en nuestras mochilas.
Aún
así, al llegar a la Casilla de los Pastores sentimos el frío
húmedo del agua al colarse por las rendijas de la ropa. La Casilla
es un saliente que se forma en la pared de una enorme roca de torcas calizas,
que los pastores cerraron con piedras formando una cabaña.
Una vez dentro, colocamos algunas piedras para sentarnos en corro y nos
dispusimos a desayunar.
Hoy, Antonio venía de buen humor.
-¡A ver! Joaquín, ¿cómo está esa tortilla?
Se la pasan y clavando la navaja en la tortilla de patatas dice:
-"Si se cae, mal asunto...", la navaja se inclina hacia un lado,
mostrando unas claras blandas, poco cuajadas...
- "¡Esto no puede ser "Barranqui!", por ahorrarte
dos duros en butano... eres capaz de no cuajar la tortilla... ¡A
ver! Rocío, pásame la tuya... ¡Tú ves! Esta
tortilla tiene dos cojones! Ja, ja, ja.
Y así, cada desayuno, se mete con su amigo.
Joaquín, por su parte, se defiende como gato panza arriba.
-¿Qué dices chalao? Esto es una obra de arte.
Rocío se ríe a mandíbula batiente y, aunque le da
cierto pudorcillo por la comparación -pobre Joaquín, pensará-
agradece el cumplido.
Luego, llegamos
al café y los postres.
"-¡Hombre! Bizcocho a la "sequedad"! ¡Menos
mal que estamos cerca del arroyo...! Carmen, -sigue Joaquín-, tú
¿cómo haces el bizcocho?... Se cruzan las miradas cargadas
de connotación... Carmen no dice nada, pero sonríe. Él
continúa...
-" ¡Hay!, dos bizcochos...! Éste ¿quién
lo ha hecho? ¿Mª Dolores? Mmmmm, esto si que está bueno.
Mmmmm qué bizcocho más rico! No como otros... Y se ríe
sonsacando a la otra. Risas.
Mª Dolores dice:
-"Carmen, si yo fuera tú, no traería al campo ni un
bizcocho más..." Y más risas.
Y Carmen disfruta riendo también a carcajada porque le encanta
el juego. Por fin dice:
-"Yo, bizcocho a la "sequeá" pero tú tortilla
al moco... ja, ja. Y además, pásame ese "galipuche"
negro que traes con "asuquilla"...
-¿Mi café?¡Obra de arte!
Después
del desayuno, recogimos y nos dispusimos a la marcha.
Seguía lloviendo con intensidad. Algunos no estaban bien equipados
y decidimos volver a los coches. La niebla era espesa y las piedras se
resbalaban como el hielo.
Al llegar
al lugar nos dividimos, unos se fueron a casa, otros, decidimos dar un
pequeño paseo por la Ruta Verde.
Entonces...
Todo estaba en silencio.
Llovía.
Predominaban los grises y blancos opacos. Únicamente hablaba la
Tierra, sonaban bajito los trinos de algunas aves, a los que replicaban
con brillantez las gotas de lluvia. La Sierra disfrutaba de soledad. Su
reino callado sólo se vio interrumpido por nuestros pasos.
Marchábamos admirando tanta belleza. Junto a nosotros, varios pájaros
levantaban el vuelo y se posaban más allá. Confiados por
el silencio.
La grisura del cielo se iba agolpando. El viento transportaba orgulloso
su blando bagaje.
Apenas se veían las formas caprichosas de las rocas calizas. Destacadas
de fondo por estas sábanas blancas. Semejaban torreones de castillos
fantasmales...
-"¡Mirad allí! Una torre. ¡Mirad allí!
Un dragón, dos soldados, un camello, una carroza..."
Las nubes, a su paso, te mostraban un instante todas las figuras de piedra
para esconderlas, luego, tras de sí, sabedoras del valor de su
tesoro.
Decidimos adentrarnos hacia la Cueva del Toro, desde el Mirador de las
Ventanillas.
Estuvimos dudando por lo arriesgado del paseo, dado el estado del suelo
y las piedras. Pero las ganas del ejercicio nos lanzaron por aquella vereda
semiescondida.
Comenzamos apartando ramas y caminando a ratos como los gatos, para no
resbalar.
Ayudándonos unos a otros, pudimos avanzar algunos metros.
Por esta parte de la Sierra hay más movimiento de nubes y mejores
vistas, es la cara sur y fácilmente entran las tormentas desde
el mar.
Íbamos charlando y confiados, aunque con gran cuidado.
De pronto, todo cambió a peor. Arreció la lluvia y sonó
un enorme trueno por encima de nuestras cabezas. Nos miramos un momento...
y... no faltaron palabras para decidir.
-"¡Nos vamos!"
Toda la precaución anterior se fue al garete. Corríamos
por aquellas piedras como locos, al principio con cierto disimulo (no
fueran a pensar...) pero luego, sin tapujos, como flechas.
Pepe decía:
-"Una tormenta en el campo no es cosa de broma."
Y Rocío:
-"¡Si se pone feo, te tumbas en el suelo boca abajo. ¿Te
enteras?"
Y Antonio:
-"O te escondes bajo unas rocas." Y yo:
-"¡Tonterías!... ¿qué dices? ¡Si
hay pararrayos en el Pueblecillo...!"
-"No te fíes, no te fíes. Apártate de los árboles".
-"Vamos, vamos que a estas cosas hay que tenerles respeto".
-"Vale, vale"
Llegamos
a los coches y nos sentimos seguros. Se había terminado el paseo.
Ahora nos reíamos de nosotros mismos.
La lluvia
había tardado tanto en venir que quería la Sierra para sí.
Con una carcajada sonora nos arrojó de su lecho y pudo, al fin,
en soledad, fecundar la tierra.
Ya llueve
en el Torcal.
©
Carmen Rosa octubre 2002
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