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EL CHAMIZO
No es una
subida demasiado fuerte. Se hace bien y se tarda menos de una hora para
llegar al primer llano de arriba. En él se divisará la cara
Sur y toda la costa. Entre medias, está el pantano de La Viñuela,
en dirección hacia Vélez-Málaga. También,
se puede ver La Maroma de Sierra Tejeda y otras muchas sierras. Y, de pronto, ¡pac!, ¡pac!, ¡pac!, retumbando en los confines de las paredes de piedra, abajo, en lo hondo, caminan los cazadores, despertadores artificiales de un mundo semidormido. Allí
lo veo. Alto, señorial, retorcido... El Chamizo. La pendiente se hace fuerte. La inclinación nos obliga a andar muy cerca del suelo. Usamos piernas y brazos para salvar tanto desnivel sin perder el equilibrio. Espartos amables nos ceden sus finas manos por montones para asirnos a ellas. Hay muchas piedras grandes y una alambrada caída. Aprovechamos esta torrentera natural para acortar la ascensión. La cual es tan inclinada que se podría pisar la cabeza del que viene detrás. Enseguida llegamos a la hendidura en la roca, aún en la cara Norte, muy cerca ya de la cima, donde alguna vez desayunamos. En ella, la hierba me invita a sentarme y el esparto nueve, ahora, sus manos para salir simpático en la foto. Me coloco bajo la gran mole de piedra y me siento agradecida, protegida por esta fuerza brutal. Salgo de
allí y subo. Subo ya, con impaciencia porque se ha despejado el
camino y comienza una llanura pedregosa que nos anuncia la cercanía
a la cresta final.
Por un momento,
siento curiosidad y me acerco al perfil de la montaña, donde forma
una especie de balcón. Me asomo y me quedo extasiada. A mi izquierda,
una pared de piedra marrón oscuro, marrón brillante, me
ofrece apoyo. Frente a mí, sale el Sol. Al fondo, el mar, arropado
aún por su manto caliente de espuma y nubes. Y, entre medias, las
suaves crestas doradas, de las sierras negras, nerviadas por finísimos
caminos blancos y salpicadas por pequeños caseríos que destellan,
ahora, como espejos... Al poco,
no puedo, por menos, dejar unos minutos para reponer oxígeno a
mi excitado corazón, y me vuelvo hacia atrás. La vista es
impresionante. El Sol alumbra ya casi todo. Aún quedan algunas
zonas oscuras, que miran al norte como pidiendo auxilio ante un fuego
inminente, sabiendo que, nadie va a salvarlos de la quema. Me vuelvo
de nuevo, ya repuesta y satisfecha y... ¡sorpresa! Continuamos
subiendo. Y, por fin, la cresta.
© Carmen Rosa |
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