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Me preguntas por El Torcal ... (*)
Algo sé de él. Algo sé porque lo he vivido cada domingo durante años. He subido en coche y andando. He recorrido con entusiasmo todos sus vericuetos. He tenido un guía excelente. He compartido con el mejor de los grupos. Mi amigo Joaquín Franquelo. Mis amigos del campo: Rocío y Pepe Jiménez, Antonio Clavijo, Juan Hurtado, Isa González, Diego Millán, Hasan Hamad, Mª Teresa, Mª Dolores García, , Pepe Sánchez., Julio Maqueda y Paco Ontiveros. En la actualidad hay un Centro de Recepción e Información de la Naturaleza (CRIN), con exposición de fotografías permanente y otros recursos. De él parte la ruta verde, bien señalizada de una hora de duración aproximadamente, sin apenas dificultad, adecuada para cualquier visitante que lleve calzado cómodo y agua en épocas de calor. Existe una gran información sobre El Torcal, por ello, no me voy a extender en datos técnicos, sino en las experiencias vividas paso a paso. Me uní al reducido grupo de J. Franquelo constituyendo el miembro número cuatro. Lo que en un comienzo fue una salida al campo para desconectar de la rutina de la semana, pronto se convirtió en una necesidad imperiosa de disfrutar de la naturaleza. Y, sin estar declarado explícitamente, el objetivo fundamental que inspiraba aquellos paseos era la amistad. ¡De cuántos asuntos no serán cómplices las viejas piedras!
Joaquín es maestro de Educación Primaria y uno de los antequeranos que mejor conoce la Sierra del Torcal. Desde que era un chaval, escapaba de casa y se adentraba en ella con un entusiasmo juvenil muy fuerte. De jovenzuelo se unió a Diego Moneda y junto con Paco Ontiveros formaron un pequeño grupo de maestro y discípulos. Al parecer, este Diego Moneda, que hoy goza de un mirador con su nombre en la Sierra, era un gran conocedor del Torcal. Se dejaba acompañar por ellos siendo muy parco en las explicaciones, les exigía mucho y vendía caros sus conocimientos. Subían con lo puesto, sin alimento alguno, únicamente llevaba, el hombre, un bote con agua al que añadía unos polvillos de vitamina C. Compartían la bebida, se fumaban un cigarrillo de El Águila y se volvían andando hacia Antequera. Con el tiempo llegaron a tener una excelente amistad y yo tuve la ocasión de conocerlo por medio de Joaquín, aunque en sus últimos años, en que ya no subía a la Sierra. Volviendo al hilo del relato, fui poco a poco conociendo cada uno de los rincones más escondidos y bellos del Torcal. No es fácil caminar por esta Sierra. Hay riesgo de perderse. En primer lugar por sus características geomórficas: veredas recónditas, callejones cegados, pasos de piedra cortados... No se debe caminar por El Torcal si no se conoce bien. Algunos se han perdido en él. Se añade a esto, su climatología, en la que las nieblas son muy frecuentes y le hacen dudar al caminante sobre cualquier punto de referencia. Únicamente los más conocedores se adentran en estas circunstancias. ¡Cuántas veces no nos hemos quedado sorprendidos con nuestro guía! Con una niebla espesa, de no ver en varios metros, nos ha guiado por aquellas veredas sin dudar, con la sola referencia de las pequeñas piedras más próximas. Dando al acompañante una seguridad pasmosa. Otra cualidad del Torcal en la que todos coincidimos es la de sorprenderte con algo nuevo. Por muchos años que llevemos subiendo, siempre ofrece una increíble variedad de estampas. El cambio de las estaciones es muy diverso. Mes a mes vas notando el movimiento estacional. Si un domingo de otoño están los endrinos cuajados, al otro, destacan los espinos, cuando las encinas te ofrecen sus pequeños frutos encapuchados, empiezan a enrojecer los árboles y a desnudarse lentamente para caer en un frío sueño invernal, sueño que los protegerá de los fuertes vientos y bajas temperaturas. Luego, viene el hielo, todo se cubre de una capa blanca, de chasquidos suaves al pisar..., y los charcos, que se endurecen hasta reventar, dando con la tierra y con la piedra. En cierta ocasión, cruzamos el Puerto de la Chispa con temperaturas muy bajas y un viento gélido, entonces, vimos una de las estampas más increíbles que nunca se han imaginado. Los quejigos desnudos estaban helados. EL agua constituía pequeñas formas de nieve que se prolongaban en cada una de sus ramas en dirección Norte-Sur. Había toda una variedad de diminutas ramas de hielo blanco adornando cada árbol, cada matorral... Entre todo aquel espectáculo destacaban los flores blancas que se formaban sobre los cardos. Estos, marchitos, tras rendir buena cuenta durante el verano, aún guardaban energía para mantenerse en pié. Secos, marrones, escarchados, soportando las embestidas del otoño, esperaban pacientes. Tan feos un día antes, de pronto, se habían vestido de nieve, por unas horas, habían conseguido ser más bellos que cualquier otra criatura de la Sierra. Eran flores de cristal que el viento prolongaba más allá de su tamaño y su belleza. En mis pensamientos más hondos, comprendí por qué los cardos no caen tras las lluvias otoñales como cae el resto de las hierbas del Torcal. Comprendí por qué se vuelven a levantar, resistentes, cuando pisamos su grueso tallo para favorecer la reproducción. Son las plantas mas duras de la Sierra, agresivamente orgullosos en el verano, resisten con gallardía el otoño, para resplandecer con brillantez, de nuevo, en el invierno. Tan larga espera para tan efímera gloria. Cuando regresé con la cámara de vídeo, ya era demasiado tarde. Había cambiado el viento, subido la niebla, variado la temperatura... Ya no quedaba nada de aquella estampa, sino unas trozos de hielo bajo los quejigos, como una huella fugaz del que había sido, unas horas antes, el más precioso espectáculo natural en muchos años. ¿Me
preguntas por el Torcal? ¡Sorprendente! Y único. © Carmen Rosa Aguayo, 17-12-02, Antequera (Málaga)
Nota: Este texto responde a una petición realizada por andarines a la autora de una descripción que abarcara el conjunto de El Torcal y sus vivencias en él. |
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