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Lourdes.
Con sólo mencionar el nombre de esta ciudad francesa se producen
de inmediato reacciones encontradas. Por un lado la de aquellos
que la han visitado, o piensan hacerlo, movidos por la fé
mariana y sólo la asocian con un centro sagrado de peregrinación,
y por ortro la de los que el nombre de Lourdes les produce una reacción
instintiva de rechazo, hasta tal punto que, aún pasando por
las proximidades evitan pisar la ciudad, huyendo de las escenas
de procesiones de tullidos.
Cierto
que Lourdes es ambas cosas, pero también es mucho más.
Ciudad estratégicamente situada ya es mencionada por los
romanos. Ubicada junto al Gave de Pou (*),
que bordea el núcleo antiguo en el que se alza el Castillo,
fortaleza inexpugnable, construida sobre una gran roca y que, según
la leyenda, fue sitiado por Carlo Magno cuando estaba en poder de
los sarracenos.
Nosotros
proponemos una visita ecléctica, para ello hay que aparcar
las ideas preconcebidas que tienden a darnos una visión parcial
de Lourdes. Tenemos que ver sólo a través de nuestros
ojos y sacar conclusiones propias, que pueden ser positivas o negativas.
Pero seguro que siempre interesantes.
Para
la mañana proponemos el recorrido tradicional de los peregrinos
que, atravesando la gran explanada central, bordea la rotonda de
ofrenda de flores y cunduce a la Gruta. Veremos gentes de todas
la razas, atavios exóticos, grupos tras un estandarte que
identifica su origen, banderas al viento, pechos cubiertos de medallas,
inválidos en camilla, o silla de ruedas, camilleros, curas
y monjas; muchas monjas. Todos con el común denominador de
la fé, más que católica, mariana. Seguimos
este río humano y por el lateral de la Basílica vemos
los múltiples grifos por los que mana la famosa, por sus
milagros, agua de Lourdes. La gente llena cantimploras, bebe, se
refresca y algunos se bañan las partes dolientes.
Seguimos
hasta la Gruta donde, a pesar del gentío, el silencio nos
permite oír el murmullo del río que corre paralelo,
salvo que tengamos españoles próximos a los que reconoceremos
por su vocerío. Una solitaria muleta pende del techo de la
Gruta, único testigo de las, en otra hora, múltiples
curaciones de Lourdes. Un pequeño candelabro quema sus velas
frente a la Gruta de los Puercos, donde un buen día de 1858
la Virgen se le apareció a Bernardette, una pastora de 14
años, hasta 18 ocasiones. El agua mana bajo la gruta, las
paredes están negras y brillantes de tanta vela quemada en
señal de agradecimiento y de los millones de manos que han
acariciado sus paredes.
Continuamos
paralelos al río y entramos en el pasillo formado por una
especie de "barbacoas" gigantes donde se queman las velas
actualmente. Lejos quedan los tiempos en que, por falta de sitio
en la boca de gruta, la misma vela se vendía varias veces.
Hoy un empleado se encarga de volver a encenderlas, si las apaga
el viento, y de cerrar un crematorio-barbacoa cuando está
completo. En ningún sitio del mundo hay tantas velas y tan
grandes hasta el punto que en muchas de ellas se identifica al oferente
con una inscripción.
Volvemos
paseando junto al río al principio de la explanada, y entramos
en la Basílica, que en realidad se compone de Cripta, Basílica
y Basílica superior. Arquitectónicamente son poco
interesantes y responden a un gusto pretencioso de finales del XIX,
resultado de muchas mezclas. Las paredes del interior están
íntegramente forradas de placas de mármol con inscripciones
de petición y agradecimiento de los donantes a lo largo de
los años.
A
la hora de comer recomendamos acercarse a Lago de Lourdes, situado
a las afueras de la ciudad, rodeado de bosques y un sitio ideal
para degustar una comida de alforja bajo un gran árbol o
sentarnos en el "chiringuito" situado en la propia orilla
de este lago de origen glaciar con un menú del día.
En cualquiera de estas opciones lo importante es disfrutar del paisaje.
Por
la tarde es imprescindible visitar el Castillo. Lo mejor es subir
andando siguiendo las indicaciones que desde la calle principal,
pasando por la casa paterna de Bernardette, hoy convertida en museo,
nos conducen por una rampa que va ganando altura hasta el patio.
La vista sobre la ciudad es impresionante, si además tenemos
suerte y el día es claro veremos las cumbres del Pirineo.
Pasaremos por una zona donde se han recogido antiguas estelas funerarias,
como no españolas, muy interesantes.
En
el Castillo se encuentra ubicado desde principios del siglo XX el
Museo de los Pirineos, obra de una pareja francesa perteneciente
al moviento excursionista, tan en boga en esa época. Solo
el nombre ya nos indica la pretensión de recoger la cultura
pirenaica, sin dintingos de fronteras. La forma de vivir de unas
gentes para los que las montañas eran su medio y entre los
que había mas similitudes que con las gentes del llano, aunque
estas fueran de su misma nacionalidad.
Se
muestran trajes tradicionales y utensilios necesarios para el trabajo
de la lana y el lino. Se recrean habitaciones y cocinas y toda la
cultura pastoril del Pirineo. Tocando también las creencias
religiosas. La ubicación en las estancias del Castillo es
perfecta y es un auténtico placer recorrer el itinerario
que nos viene marcado en el suelo.
El
Museo ha abierto recientemente dos salas que nos dan una idea general
de la evolución de la ciudad de Lourdes, donde, lógicamente,
se toca el efecto que las apariciones de la Virgen a Bernardette
tuvieron sobre la ciudad, y la transformación que supuso.
Pero también nos explican como en la cultura precristiana
del Pirineo la figura de la mujer y el agua van íntimamente
unidas, así aparecen representadas las sirenas en dibujos
antiguos, las ondinas de los ibones o lagos, que Bernardette, esa
bella joven ataviada con el traje tradicional que nos mira desde
las postales, tuviera las apariciones en una gruta donde nace un
manantial entroncaría con las antiguas númenes paganas.
Cada
cual que saque sus conclusiones y vea Lourdes desde la fé
o desde el racionalismo, en cualquier caso el efecto es impresionante.
Para
terminar el día hay que sentarse en una de las multiples
terrazas de la calle principal, rodeados de tiendas de recuerdos
con cantimploras, rosarios y esas medallitas azules que todos recocemos
y ver pasar la gente. Son 4 millones los visitantes al año
y, mientras pasan, nosotros "los andarines" preparamos
sobre el mapa la excursión para el día siguiente.
©
Elena Gusano Galindo
(*)
Torrente,
o río, en la zona del Pirineo
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