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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >> SUBIDA AL COLLADO DEL LETRERO (2.637 metros) DESDE EL BALNEARIO DE
PANTICOSA.- JULIO FERRERES, ALVARO MUR,
JOSE RAMON MONCLUS, GUILLERMO FERRER, JAVIER FERRERES, ELENA PEREZ NASARRE y
JULIAN OLIVERA.
Salimos
de Boltaña, en dos coches, a las 6 de la madrugada y son exactamente las 8
cuando iniciamos la marcha en el Balneario de Panticosa. El Balneario está metido en un alto y
cerrado Circo al que se asoman montañas que en algunos casos superan los tres
mil metros. Por ello, empezar aquí a
caminar equivale desde el principio a remontar broncos desniveles. Nos encontramos enseguida dentro de la
angosta garganta del río Caldarés, bella “canal” granítica por la que se despeñan las aguas, unas aguas que
combinan la turbulencia de la caída con la transparencia de los remansos que
cavidades de rocas alisadas propician de vez en cuando. Por encima de esta garganta existen
numerosos e interesantes estímulos -cotas “tres miles”, collados fronterizos, grandes y pequeños lagos, circos- y
ello hace que sea un paso muy frecuentado. El cómodo y hábil trazado de la senda por la que subimos aprovecha
cornisas, pasillos y suelos rocosos, lo que permite remontar sin problemas la
bronca inclinación de esta garganta del Caldarés. Y llegamos al altiplano de la Cascada del Fraile, un “rellano”
de moderada desnivelación (en la alta
montaña, en mayor o menor medida, todo son desniveles: de ahí esa extraña expresión -“falso llano”- que se viene utilizando
últimamente). Atravesamos el altiplano,
y dejando a nuestra derecha la Cascada del Fraile, que no vemos porque se
descuelga muy escondida, ascendemos por un sendero que, dibujando amplias lazadas,
nos lleva al Pequeño Bachimaña, un ibón represado. Enseguida alcanzamos la presa de Gran Bachimaña, el alto, porque
ambos “Bachimañas” están muy próximos,
separados por escaso desnivel.
Nos
encontramos ya en el gran Circo de Bachimaña, verdadero eje central del
importante Macizo de Panticosa: de aquí
parte hacia el Oeste la espléndida travesía que, por los ibones Azules y el
collado del Infierno, conduce al Circo de Piedrafita; hacia el Norte, el Puerto
de Marcadau –próximo a un serio “tres
mil”, la “Grand Fache”- nos coloca en el cordal fronterizo
hispano-francés; y hacia el Este, la ruta a los grandes lagos de Bramatuero,
cuyo Circo superior se asoma al tremendo barranco dónde nace el río Ara, bajo
el Vignemale. Esta última ruta es la
que hemos elegido nosotros para la jornada de hoy. Aunque sucinta, la enumeración anterior pone de relieve la
excepcional ubicación del Circo de Bachimaña, al que tributan tres importantes
cuencas lacustres: la de los lagos Azules o del Infierno; la de los ibones de Pezico;
y la de los Bramatuero. Todos estos
lagos o ibones fueron hace años represados.
Estamos
ahora sobre la presa del Alto Bachimaña y hemos de rebordear el extenso
perímetro de este lago. Nos decidimos
por la senda que circula sobre la derecha hidrográfica del lago, que
corresponde a la izquierda de nuestra marcha; y ello porque aunque la otra
orilla nos llevaría más directamente hacia los Bramatuero, hemos leído que
algunos tramos son incómodos por lo escarpado del ribazo. Caminamos por la senda elegida con rapidez,
siguiendo su trazado en tobogán que unas veces nos acerca y otras nos aleja del
nivel de las aguas. Cuando casi
agotamos este reborde lacustre, que es el occidental, nos detenemos para
descansar y comer alguna fruta. Son las
9:50 de la mañana, por lo que llevamos casi dos horas de marcha. A las 10:15 horas abandonamos las grandes
piedras sobre las que hemos pasado 25 minutos, y desde ellas vamos descendiendo
en diagonal hacia el agua; cuando llegamos a su nivel, vadeamos el torrente que
baja de los ibones azules para buscar la senda que discurre por el ribazo
septentrional del lago; la encontramos después de remontarnos varios metros
sobre las aguas. Rebasada la rivera
Norte del Gran Bachimaña, subimos hacia el más bajo de los Bramatuero, a cuya
presa llegamos a las 11:15 horas.
Este
lago inferior de Bramatuero tiene una configuración alargada de Este a Oeste,
paralela a la cadena pirenaica; la presa está en el lado occidental de la
cubeta y por la oriental recibe las aguas que bajan atropelladas desde el Alto
Bramatuero. Por debajo de la pequeña
presa, unos tablones de madera nos permiten salvar el desagüe de este ibón
inferior de Bramatuero, ya que la senda circula por su largo ribera
meridional. Rebasada esta ribera y por consiguiente
el lago, encontramos en su cola un minúsculo ibón; lo rebasamos también y vemos
que el torrente que se despeña desde el Bramatuero Superior no nos va a ser
fácil de vadear y habríamos de hacerlo porque la senda va por la derecha
hidrográfica. El agua, muy fría, y las
piedras, deslizantes, provocan el temor de algunos a una peligrosa caída, por
lo que se resisten a cruzar el torrente. Dada la disposición de la senda debiera tener unos tablones –inútilmente
los buscamos para ser vadeado sin problemas. José Ramón, Guillermo y Javier, quitándose las botas o saltando sobre
piedras, vadean el torrente. Julio y Álvaro
no lo hacen para poder “arropar” a Elena y Julián, que no han querido vadearlo;
estos cuatro van a tener que subir por la parte más inclinada de la garganta
que enlaza ambos Bramatueros, que es hidrográficamente la izquierda, pero que
corresponde a nuestra derecha según subimos. Los tres que vadearon el torrente suben con rapidez, sin aprovechar la
comodidad de la senda para no demorarse en sus innumerables “Bucles” acortan la subida atajando por
peñascales debajo del trazado de la senda. Superan el fuerte desnivel, doscientos metros, que hay entre los dos
Bramatueros, y ya están José Ramón, Guillermo y Javier bajo la presa del
Superior, junto al fragoroso desagüe que lanza las aguas en torbellino; aquí
esperan a sus cuatro compañeros que, por la más escarpada de las dos laderas,
suben con más lentitud que ellos. Lo
hacen en dos parejas, Julio “arropando”
a Elena, y Álvaro haciendo lo mismo con Julián, porque hay que trepar sobre
algunas piedras muy desniveladas, lo que exige atención y cuidado. En una de estas piedras, Julián, al no
apoyar bien un pie, resbala y hubiera sufrido una caída de consecuencias
posiblemente graves, de no sujetarle Álvaro, que subía junto a él “arropándole” perfectamente. Llegan por fin al desagüe dónde los esperan
sus tres compañeros; lo atraviesan y en pocos metros se encuentran todo sobre
la prensa.
Reunidos
los siete, descansan unos minutos y
contemplan el nuevo paisaje que les brinda la cota que acaban de alcanzar: el Bramatuero Superior, el más grande,
extiende ante ellos su lámina serena y transparente, estirándose de Norte a
Sur, rodeado de montañas. Buscan en el
perfil de este circo montañoso, el Collado del letrero, pero no lo ven; como el
plano lo sitúa en el rincón nor-oriental del circo, ello les obligará a rebordear
totalmente el lago. La una de la
tarde: casi dos horas desde que
salieron de la presa de Bramatuero Inferior, empleadas en recorrer primero su
extenso ribazo, perdiendo tiempo después en busca de un inexistente vado, y remontando
por último la garganta.
Comenzamos
a rebordear el Bramatuero Superior; hay que empezar por remontar desde la prensa unos cuantos metros que nos
colocan muy por encima del agua. Y
cuando llevamos algunos minutos caminando por esta enorme cubeta rocosa, que
nos obliga, con sus broncos desniveles, a subir y bajar constantemente, se
ensancha de pronto -a través de una
despejada terraza- el paisaje del circo
en el que nos encontramos: el súbito
ensanchamiento rasga el horizonte y aparece el rotundo perfil de un imponente
Macizo. Y no menos imponente es el
despiste que sufre Julián al identificarlo como el Vignemale; Julio y Javier
Ferreres le sacan de su error… ¡son los Picos del Infierno, que se encuentran
al Oeste, en la orientación diametralmente contraria al Vignemale, que aunque
no lo vemos, lo tenemos al Este! Otro
aliciente paisajístico de esta terraza son unos pequeños ibones a pocos
centenares de metros de dónde nosotros estamos. La generosa y bella perspectiva se esfuma como si bajasen un
telón, en cuanto reanudamos la marcha y nos metemos de nuevo en el circo. Rebasado el largo ribazo occidental del
lago, llegamos a la parte más meridional de la cubeta, y Elena y Javier deciden
quedarse aquí: esperarán a sus cinco
compañeros que siguen pensando en el Collado del Letrero. Un collado que no puede estar lejos, pero la
verdad es que llevamos varias horas de dura marcha y el cansancio se hace
notar. Metidos en el ribazo oriental
del Bramatuero Superior, empezamos enseguida a alejarnos del lago para remontar
los 130 metros de desnivel que lo separan del collado.
Álvaro
y José Ramón se han adelantado y alcanzan el cuello a las 14:15 horas, y quince
minutos más tarde, a las 14:30, lo hacen Julio, Guillermo y Julián. Los cinco celebran la llegada a este alto
Collado del Letrero, que con sus 2.637 metros abre una brecha en la muralla que
separa el Circo de Bramatuero del Barranco del río Ara.
EL
COLLADO DEL LETRERO era hoy nuestro objetivo: acabamos de conseguir esa meta tras una marcha de seis horas y media,
remontando mil metros. Y al llegar aquí
–antes de mirar a su través para ver qué hay al otro lado- un viento frío que
se cuela por el ventanal desploma bruscamente la excelente temperatura que
veníamos disfrutando desde que salimos del Balneario; ha sido sorprendente e intempestiva
la recepción que nos preparaba el collado, obligándonos a sacar de las mochilas
ropa de abrigo. Al asomarnos a la
brecha, “se nos echa encima” la
tremenda mole del Vignemale, cuyas grises murallas se levantan en la vertiente
contraría a la que nosotros pisamos sobre el umbral del Collado del
Letrero: sólo nos separa el gran
barranco del Ara, río que nace a nuestros mismos pies, ya que este cuello -abierto entre el Pico de las Neveras y la
Cresta de los Buitres- constituye la
cabecera de dicho barranco. Aunque la
perspectiva que ofrece el collado queda casi bloqueada por los impresionantes
lienzos graníticos del Vignamale, si evitamos su abrumadora presencia y
sesgamos nuestra mirada hacia el Este-Sur aparecen al fondo el Taillon y el
Gabietous.
Con
el fin de descansar y comer algo, hemos de buscar un sitio resguardado del frío
viento que parece enviarnos el Vignemale; lo encontramos ascendiendo varios
metros y cobijándonos en unos bloques de piedra arrimados al flanco de la
Cresta de los Buitres. Evitado el viento,
no sentimos frío: se cumple el viejo
aforismo de pastores y campesinos “si no hay viento”, no hay mal tiempo”. Sólo una joven pareja hemos encontrado hoy
aquí –ya les habíamos visto en la presa del Bramatuero Superior-, y eso, en un
día festivo de agosto, con buen tiempo, es señal de la escasa frecuentación de
este lugar; hablamos con la pareja -un
chico y una chica nada novatos, que conocen la montaña- y nos dicen que resulta
duro y largo llegar al Letrero desde el balneario, mucho más sin duda de lo que
manifiesta el folleto de la Editorial Alpina.
El
Collado del Letrero, con un solitario ibón que lleva su mismo nombre –la cubeta
está a unos 500 metros-, son las notas singulares de una plataforma que se alza
inhóspita, desolada y pedregosa sobre el extremo Nor-oriental del gran Circo de
Bramatuero, en el ángulo formado por el fronterizo Pico de Arratille, al Norte,
y el Pico de las Neveras, al Este. El
escondido recodo dónde la brecha del Letrero ha dibujado su desgarrada
caligrafía, es uno de esos rincones en los que el gran Macizo Pirenaico nos
enseña el rostro auténtico de la alta montaña, con su sombría y dramática
desnudez mineral: escenario soberbio y
miserioso que se graba indeleble en quiénes lo contemplan. Mirando el terrible boquete que acuchilla el
muro de granito, nos preguntamos por el origen del extraño topónimo que lo
bautiza… ¿qué significa la palabra LETRERO, tan vinculada a la cultura de los
hombres, en un lugar como éste, dónde la única escritura es el grito enfurecido
del viento golpeando en el silencio impávido de las piedras?
A
las tres de la tarde iniciamos el regreso, dejando al Collado en su inclemente
esquinazo, que parece rechazarnos por haber violado un territorio que no
necesita nuestros códigos estéticos porque el suyo es el más lacónico de los
lenguajes: la desolación absoluta. Descendemos los 130 metros hasta la cubeta
del Bramatuero Superior y cuando vamos a iniciar el rebordeo del lago por la ribera
izquierda, José Ramón decide irse sólo por la contraria –la derecha
hidrográfica-, que supone un notable acortamiento hasta la presa pero cuyo
aspecto es muy escarpado; confían los compañeros en sus excepcionales
condiciones físicas, y ellos -Julio, Álvaro,
Guillermo y Julián- vuelven por dónde
vinieron. En el ribazo más meridional
de la cubeta, encuentran a Javier y Elena, que esperaban junto a una balsa o
lagunilla, en la que Julio decide darse un baño; el clima, en cuanto
abandonamos el Collado, volvió a ser agradable y luce un sol veraniego que habrá
templado esas aguas poco profundas, pero no hay que olvidar que estamos a 2.500
metros de altitud han de estar
frías: un aplauso para Julio y una foto
para que recuerde el chapuzón. Hora y
media después de haber salido del Collado llegamos a la presa del Bramatuero
Superior, dónde ya nos estaba esperando José Ramón; ha tenido que salvar la
áspera ladera española del Pico francés de la Badète d`Arratille, y aunque él
no le da importancia, podemos afirmar por los planos y por la propia visión
próxima de esa encrespada ribera del lago, que sin duda José Ramón ha superado
alguna dificultad y desde luego ha tenido que remontarse por encima de los
farallones que en alguna parte de esa orilla caen a pico sobre el agua.
La
garganta entre el Alto y el Bajo Bramatuero, la subimos esta mañana en dos
grupos: cuatro por la ladera izquierda y tres por la derecha, sin que ninguno
aprovechase la senda. Ahora descendemos
los siete juntos por los innumerables y mareantes rizos de este sendero que
salva los 200 metros de desnivel entre los dos lagos. Cuando llegamos abajo, en las proximidades del Bramatuero
Inferior tenemos que hacer todos lo que no hicimos cuatro del grupo esta
mañana: vadear, descalzos, el torrente, con un agua muy fría que nos llega a
las rodillas. Pasamos así a la ribera
hidrográfica izquierda, y caminando de Este a Oeste, recorremos el largo y
sinuoso reborde meridional del Bajo Bramatuero. Estamos junto a su presa: hemos tardado, de la presa del Alto a la del Bajo, una hora. Y son ya las cinco de la tarde. Sin mucha claridad sobre lo que hacíamos, no
cruzamos los tablones del aliviadero por debajo de esta presa como en sentido
contrario sí lo hicimos esta mañana. Bajamos, pues, hacia el Gran Bachimaña con el torrente a nuestra
derecha, lo que significa que nos aproximamos al lago por su ribera izquierda,
y parte del grupo decide regresar a la presa por esta ribera, que aunque es el
camino más corto lo eludimos esta mañana porque podría esconder algún
problema. Julio, Álvaro y Javier son
los tres que han resuelto atajar, mientras que Elena, Guillermo y Julián no
quieren correr riesgos y bordearán el Gran Bachimaña por la misma ribera por la
que todos vinimos esta mañana; José Ramón acompañará a estos tres últimos por
si -al tener que vadear el torrente –
precisaran ayuda. Los tres primeros, a
través de la, en algunos momentos, escarpada e incómoda ribera izquierda -la oriental- llegan pronto a la presa. Elena, José Ramón, Guillermo y Julián se
encuentran enseguida con un obstáculo: vadear el torrente. Bajan por su
ribazo izquierdo pero no encuentran ningún lugar propicio para cruzarlo y
descienden tanto que llegan cerca de su desembocadura en el lago, allí dónde
acaban de juntarse las aguas de los Bramatuero con las que vienen de Marcadau y
los ibones de Pezico. Afortunadamente,
el aumento del caudal queda compensado con la fragmentación del torrente en
tres brazos, lo que disemina las aguas y sosiega su turbulencia: los dos primeros cauces pueden vadearlos sin
descalzarse, saltando sobre piedras; para cruzar el último de esos brazos tienen que quitarse botas y medias,
meter los pies en un agua muy fría y andar sobre un lecho escurridizo. La ayuda de José Ramón en este último “vadeo”, sobre todo para Julián, ha sido
importante. Respiran por fin contentos
y relajados después de algunos minutos de nerviosismo buscando un lugar para
vadear el torrente, y una vez encontrado, temiendo el riesgo de una caída. Caminan ahora los cuatro con rapidez,
cubriendo la ribera septentrional del lago; cruzan por un pequeño puente el
agua que baja de los Lagos Azules para cambiar de orientación y tomar la ribera
occidental que les lleve hacia el Sur… ¡interminable se les hace esta ribera,
cuando son las siete de la tarde y los cuerpos sienten el castigo de la dura
jornada! Llegan a la presa y no ven a
sus tres compañeros; suponiendo que habrán descendido a la otra presa, a la del
Bachimaña Bajo, continúan hasta esta última y aquí, cansados de esperar, están
Julio, Álvaro y Javier.
Una
vez más reunidos los siete, deciden seguir bajando hasta una fuente que, al
subir por la mañana, vieron junto a la senda. Se sientan todos en torno al manantial y ahora sí comen alimentos
nutritivos, pues sólo habían tomado fruta; el agua, además, es deliciosa. Descansan y comentan anécdotas de la
jornada, como la confusión de Guillermo cuando subíamos entre el Bachimaña y el
Bramatuero, que al ver sobre una piedra un animal peludo, creyó que era un
osezno: se trataba de una marmota. Son casi las ocho; las sombras de la tarde
han puesto nuevas luces contrastes en
estos fantásticos escenarios. Comida,
descanso, relajamiento, y la apacibilidad de un atardecer veraniego en un lugar
tan bello, nos recuperan a todos, y reanudamos la marcha para cubrir la última
etapa. Descendemos al altiplano de la
Cascada del Fraile y lo atravesamos para
entrar en la garganta del Caldarés. A
medida que bajamos, la oscuridad se va haciendo notar. Aparecen allá abajo los primeros edificios
del Balneario …¡con luz eléctrica! Se ha echado encima la noche Son las nueve cuando llegamos al
aparcamiento dónde esta mañana dejamos los dos coches. ¡Ha terminado una larguísima jornada de 13
horas!.
No
contábamos ni con tanta dureza ni, por supuesto, con tan larga duración. El desnivel entre el Balneario y el collado
del Letrero es de 1.000 metros, pero, siendo un serio desnivel, no es ésa la
justificación principal de las citadas “dureza” y “duración”. Ha tenido
mucho mayor peso para justificar ambos conceptos, el hecho de tener que
rebordear cuatro espacios lacustres, los dos Bachimañas y los dos Bramatueros,
tres de ellos extensos y empotrados en ásperas cubetas rocosas con desnivelados
e irregulares perímetros que nada tienen que ver con las apacibles y líricas riberas
de los lagos de llanura. Las cubetas de
alta montaña tienen conformados sus márgenes a manera de tremendos toboganes
pétreos y si la longitud de los mismos, como ha sido el caso, es grande,
constituyen un auténtico rompe-piernas. Rodear la orilla septentrional del Bachimaña Bajo, la occidental y la
septentrional del Gran Bachimaña; la meridional del Bramatuero Inferior; y la
occidental, la meridional y parte de la oriental del Bramatuero Superior, es
una muy dura “calcetinada”, cuyos
tramos, sumados y multiplicados por dos –la ida y el regreso- rondarán los 16
kilómetros. Si añadimos esos 16
kilómetros a los “pateados” fuera de
los espacios lacustres, calculamos haber recorrido un total de 28 kilómetros. Estas son las cifras escuetas de la
jornada: -kilómetros, 28; desnivel,
1.000 metros; duración, 13 horas. Siempre hemos dicho que las jornadas de montaña no se pueden encerrar en
unos números fríos; pero, reconociendo su insuficiencia para una valoración,
son datos significativos que han de tenerse en cuenta. Pero lo esencial en un relato de este tipo,
y eso ha pretendido el texto que aquí termina, es reflejar los escenarios, los
recorridos, los esfuerzos, las dificultades y problemas, las inevitables anécdotas…
Nos daremos por satisfechos si este relato ha conseguido su propósito con
discreta fidelidad. Y que después, cada
uno de los que han vivido la hermosa y dura experiencia, la recuerde con su
acento personal, con su propia emoción, coloreada por la paleta de su espíritu. Porque no hay una realidad; hay tantas realidades
como seres humanos. Eso que
llamamos “la” realidad es un complejo
cañamazo sobre el que cada individuo proyecta su intraducible filigrana.
Julián OLIVERA MARTIN
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