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POR LAS TIERRAS DE LA GUERRA (III)

A través de Jordania

En tiempos del Imperio Romano, de Damasco partía un camino hacia el sur, la vía Nova Trajana, para unir la vieja ciudad con el Mar Rojo. A su paso iba comunicando entre sí ciudades grecorromanas de gran prestigio en Oriente (Bosra, Jerasa, Philadelphia) y sobre todo enlazaba con la capital del remoto pueblo nabateo, Petra, la ciudad rosada. La actual Jordania, surgida del reparto colonialista de Oriente Próximo después de la I Guerra Mundial, contiene en su interior muchas de estas legendarias ciudades. La mayor parte de su territorio es puro desierto, negro en algunas zonas como el basalto que lo forma, de areniscas rosadas o amarillentas en otras, pero pese a la pobreza de su geografía puede decirse que guarda varias joyas de la arqueología mundial.

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Guardias del desierto, en Petra

Entre la depresión que forman el río Jordán y el Mar Muerto y la gran planicie del desierto oriental se abren unos pequeños valles de cierta fertilidad en los cuales ha buscado refugio la población desde tiempos remotos. Un sin fin de tribus semitas nómadas abandonaban el desierto y se asentaban en algún valle próximo a un curso de agua, disputando el lugar, igual que ahora, a quienes estuvieran allí antes; la eterna lucha por el territorio. Pero entre guerra y guerra hubo pueblos que tuvieron ocasión de afirmar su poder y prosperar. Es el caso de los nabateos, quienes desde Petra controlaban las rutas caravaneras que llegaban de la Península Arábiga y se dirigían al Mediterráneo. No solo controlaban los caminos, sino también al acceso al agua, arma estratégica en una región castigada por el sol. Con el beneficio de los negocios extendieron sus dominios por casi todo lo que hoy es Jordania, y convirtieron su capital en una ciudad única en el mundo. Las mismas montañas que la protegen sirvieron para acoger sus edificios más perdurables, las lujosas tumbas y templos que todavía hoy pueden contemplarse. Talladas en la roca, miles de construcciones asombran con su colorido y sus formas a los visitantes modernos de Petra.

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El Kasneh, o tesoro del faraón (Petra)

Esa es la joya que da fama a Jordania, pero no es la única que reserva a quien visite el país. Al norte, cerca de la frontera con Siria, está Jerasa, una deslumbrante ciudad grecorromana en la que cada año se recuperan más edificios y calles. Columnas, teatros, templos, pórticos e iglesias bizantinas se entremezclan para ofrecer al viajero amante de la historia un evocador escenario del lujo oriental que hizo famosas a estas tierras. En el entorno quedan los restos, más o menos interesantes, de las 9 ciudades que formaron con Jerasa, hacia el siglo I. a.C., una confederación, la Decápolis, basada en algo así como un tratado de libre comercio y de ayuda mutua.

En suelo jordano se encuentran además varios lugares santos, como el Monte Nebo, la fuente de Moisés o las iglesias primitivas de Mádaba, pero lo más peculiar de este país, después de la arqueología, es el contacto con el desierto y sus gentes. Las tribus beduinas, hoy sedentarizadas casi todas, un día gobernaron aquí y en medio mundo. De aquellos tiempos de guerra santa y poder militar pueden verse hoy restos de palacios y fortalezas muy modestos todos, salvo el pequeño palacete de Qusr-Amra, un pabellón de caza con estancias para el baño situado al borde de un arroyo intermitente. Los frescos que decoran las habitaciones (escenas cortesanas, de caza e incluso un zodíaco) rompen todos los prejuicios sobre el arte musulmán por sus escenas naturalistas y las representaciones de personajes de la corte. Y beduinos son quienes habitan un rincón famoso del desierto jordano, Wadi Rum, un estrecho valle donde la arena adquiere tintes variados imitando a las extrañas montañas que la rodean. Los colores y la luz confieren a este lugar un atractivo especial que ya fue captado hace años por Lawrence de Arabia, cuando lo atravesó en su campaña contra los turcos.

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© Jesús Sánchez Jaén (mayo de 2003)

Jesús Sánchez es licenciado en Historia Antigua y guía en la región durante algunos años