Si no ves la barras de navegación puedes ir al
inicio de andarines
¿quieres participar en nuestras excursiones y actividades?
cuadernos para andarines
¿los conoces?
..

..

POR LAS TIERRAS DE LA GUERRA >>

...
POR LAS TIERRAS DE LA GUERRA (II)

Siria, la tierra antigua

 

Si hubiese que buscar un término con el que atraer la atención de lector español hacia Siria quizá debiera ser "omeya". La dinastía árabe del mismo nombre reinó en Damasco de 661 a 750 y extendió el islam por la mayor parte del mundo conocido entonces. Desde Damasco se gobernaba sobre lugares tan alejados como Samarcanda y Fez, o como El Cairo y Kabul; y por supuesto sobre la mayor parte de la Península Ibérica, conquistada en solo cinco años por unas tropas ligeras, eficaces y guiadas por un fanatismo que solo la fe en el paraiso proporciona. Hacia Damasco dirigían sus miradas en el siglo VII casi todos los gobernantes del mundo, asombrados por el poder de su milicia y temerosos de la fuerza de sus profetas.

--
Damasco; jardín del museo arqueológico.  

Hoy, como antaño, muchas miradas se han vuelto hacia la ciudad habitada más antigua del mundo (desde el 400 a.C.), pero el temor no lo inspiran ya ni sus amables habitantes ni quienes les gobiernan con mano de hierro. El miedo lo provoca un nuevo invasor, lejano, pero tan poderoso, destructivo e inculto como aquellos bárbaros mongoles que el año 1400 incendiaron la ciudad. Las nuevas hordas extranjeras, bárbaras por definición (según la etimología de barbar), apuntan amenazantes sus armas más destructivas hacia la cuna de muchas de nuestras costumbres, rasgos culturales e incluso físicos, pues muchos antepasados de los sirios dejaron profunda huella en nuestro país. Si alguien está interesado en conocer de donde venían los artistas que levantaron la Mezquita de Córdoba ha de acercarse a la gran mezquita de Damasco; o si pretende saber de donde llegaron muchos de los conocimientos de los hombres de ciencia de Al-Andalus debe adentrarse en las ciudades grecorromanas, bizantinas y árabes sirias; así podrá constatar por sí mismo la esplendorosa criatura que surgió con la fusión del mundo bizantino y el de las gentes árabes. Fortalezas y palacios omeyas, iglesias, monasterios y campamentos militares bizantinos se levantan por doquier, en los sitios más insospechados, proporcionando al viajero momentos de belleza indescriptible: recorrer a la caida del sol Rasafa, ciudad bizantina en medio del desierto, ascender a Qalat al-Mudiq o a Qalat al-Saladin, fortalezas islámicas de tiempos de Saladino, o llegar hasta el conjunto monástico bizantino de Qasr Ibn Wardan, en tierras beduinas, lugares todos ellos poco o nada frecuentados por los turistas, puede hacer sentir modos de vida y tradiciones culturales de tiempos remotos.

---
... o la mítica Palmira, capital del desierto en tiempos del Imperio Romano....
   

Pero no acaba ahí Siria; en realidad no se termina nunca. Los amantes de la historia y la arqueología pueden encontrar en este país lo más parecido a un paraiso: desde los asentamientos más antiguos, como Ebla o Ugarit (donde se descubrió el primer alfabeto), hasta mezquitas turcas del siglo XVI, pasando por enclaves hititas, templos fenicios, ciudades romanas todavía habitadas, como Bosra y Shakba, decenas de castillos de las Cruzadas o la mítica Palmira, capital del desierto en tiempos del Imperio Romano. Casi cualquier rincón, cada colina, cada pueblo, esconde riquezas arqueológicas dignas de mención.

Y para quienes estimen el trato con la población y se interesen por los modos de vida, Damasco, Hama, Raqqa, y sobre todo Alepo, colmarán sus aspiraciones. Ajetreadas unas (Damasco y Alepo), pausadas otras (Hama y Raqqa), estas ciudades invitan al visitante a conocerlas profundamente, pues sus calles y sus gentes atraen al desconocido en un clima de confianza y amabilidad. Quizá haya que destacar por encima de todo Alepo, con su barrio armenio y su zoco, ejemplo éste de pervivencia de un tiempo que se resiste a desaparecer bajo las garras de la globalización. Una experiencia que no debería perderse ningún viajero que se precie de tal es dedicar al menos una tarde completa a deambular por sus callejuelas abovedadas sin rumbo fijo, dejándose llevar por los reclamos de las tiendecillas, las voces de los comerciantes y el bullicio de sus gentes.

Norias medievales en la ciudad de Hama.


© Jesús Sánchez Jaén (mayo de 2003)

Jesús Sánchez es licenciado en Historia Antigua y guía en la región durante algunos años