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En
la cima del Mulhacén, lo más alto de la Península
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Por
la calzada de los Blendios Otoño 2003 Cuando la penumbra del otoño septentrional empieza a invadir nuestro ambiente y podemos contar con los dedos de una mano los días en que hemos visto lucir el pálido sol, sentimos, los que por Finlandia vivimos, una intensa necesidad de volar, aunque sólo sea por una semana, a las tierras de España, en donde este cambio estacional es muchísimo más benigno. Este año pudimos organizarnos las vacaciones de tal manera que nos fue posible, durante los meses de octubre y noviembre, hacer dos travesías totalmente distintas: una en el norte, la Calzada de los Blendios, y la otra en el sur, siguiendo el GR7 por la Alpujarra granadina. Para ambos nos dio buenos consejos nuestro amigo Juan A. Holgado y nos guiamos con las descripciones que de los dos itinerarios tiene escritas en Andarines. Vaya pues por delante nuestro agradecimiento y deseo de que siga explorando nuevos senderos para, con su experiencia, hacernos a todos más fácil el camino.
¿Qué decir de los amplios paisajes de Castilla y de los verdes parajes de Cantabria? Majestuosos, como todos los que aún no ha mancillado la mano del hombre moderno. Desgraciadamente, como también apunta Juan Holgado, las obras de la nueva autovía de Cantabria están produciendo enormes destrozos que modifican tristemente la belleza de aquellos parajes. Claro que, con la mano en el corazón, he de reconocer que si no fuera por todas aquellas autovías, aeropuertos y demás huellas del progreso, tampoco nosotros hubiéramos podido desplazarnos, en unas pocas horas, desde un extremo al otro del continente y disfrutar, una vez más, de lo que aún queda de esa naturaleza primitiva. Estas obras hacen que la Calzada se pierda en muchas ocasiones, aunque también hay que decir que las señales del GR73, que es el sendero que la recorre, brillan por su ausencia en largos tramos, hecho que debería tener más en cuenta el organismo responsable de su mantenimiento. Esta falta de señalización, sin embargo, fue suplida con creces por la amabilidad de las gentes que pueblan aquellos lares. Una de las mejores pruebas de esta buena disposición la tuvimos en Aguilar de Campoo, a donde llegamos cuando la Oficina de Turismo estaba cerrada. Me dirigí entonces a una pareja de policías municipales que hacían su ronda por la Plaza Mayor, pidiéndoles información sobre aquella ciudad tan cargada de historia. Éstos, recordando que en el cuartelillo tenían algunos folletos del lugar, me pidieron que esperáramos allí mientras, en su vehículo, se desplazaban a buscarlos. Al poco tiempo regresaron cargados de guías, planos y folletos de su ciudad y entorno. ¡Bravo, así se hace! Quedamos tan satisfechos de nuestra estancia allí que incluso compramos participaciones del sorteo de Navidad del rancio pero acogedor Hotel Siglo XX en que nos alojamos. A ver si hay suerte y tenemos una buena excusa para regresar allí a recoger el premio... Acabado nuestro viaje, tuvimos que regresar a Finlandia, pero esta vez no lo hacíamos con tristeza pues sabíamos que al cabo de quince días volveríamos a España. Así, el 8 de noviembre volamos un poco más al sur: a Málaga. Nuestra idea era dejar unas bolsas de viaje con ropa limpia para el regreso en la consigna de la estación de autobuses y salir hacia la Alpujarra solamente con las mochilas. Conocidos malagueños me había asegurado que en aquella estación había consigna. Sí la había, pero el sábado, día en que llegamos, estaba cerrada... La única posibilidad era dejar nuestras bolsas en un armario-consigna. Afortunadamente quedaba uno vacío. Apretándolas con fuerza, logramos prensar todas nuestras bolsas en aquel reducido espacio y cerrarlo. Me pregunto qué hubiésemos hecho de no haber ningún armario libre. Desde luego, no podíamos arrastrarlas por todo el GR7... En autobús nos trasladamos a Granada, en donde nos deleitamos tomando unas cervezas en Albaicín, contemplando cómo la tarde caía sobre los muros iluminados de la Alhambra y su telón de fondo, las blancas cimas de Sierra Nevada, por donde pensábamos caminar durante los próximos días. Al día siguiente un taxi nos llevó a Bérchules, pueblo en donde iniciaríamos nuestra travesía. El viaje, de dos horas por serpenteantes curvas, nos costó 89 euros, lo cual, repartido entre cuatro y comparándolo con lo que cuestan los taxis en los países nórdicos, nos pareció un precio más que moderado. Cabía también la posibilidad de ir en autobús, pero hubiéramos llegado demasiado tarde a Bérchules, sin posibilidades seguras de llegar, con luz de día, a Trévelez, el pueblo de los jamones, en donde teníamos reservadas habitaciones en el Hostal La Fragua. En este establecimiento, como en todos los demás de nuestro recorrido, nos atendieron muy bien y disfrutamos comiendo un plato de sabrosas migas. Lo único malo que tenía este hostal era que estaba situado justo en lo más alto del empinado pueblo de Trévelez lo cual, tras la larga caminata de aquel día, nos dejó, cuando llegamos a él, listos para engullir unos reparadores "tubos" de cerveza.
El miércoles 12 de noviembre quedará registrado en nuestra humilde historia de senderismo como uno de los más emocionantes que hemos vivido: ¡subimos a la cima del Mulhacén! En realidad, no era nuestra intención hacerlo ya que nos habían advertido de que había mucha nieve, que se necesitaban crampones y que se esperaban nevadas para aquel día. De todas formas, como ya teníamos al grupo reunido y el autobús contratado, a las 8 de la mañana emprendimos la subida. Al principio del viaje, un simpático guía se ofreció a informarnos acerca de la Alpujarra. Esto estuvo muy bien. Lo que quizás ya no tanto fue que, de entrada, preguntó, en español, si todo los pasajeros del autobús le entendían si hablaba en esta lengua. Los dos únicos españoles que en él viajábamos respondimos afirmativamente, y los demás, todos extranjeros, al no haber entendido la pregunta, no dijeron nada. Él entonces se acogió a lo de que "quien calla otorga" y empezó tranquilamente sus interesantes explicaciones en la lengua de Cervantes. A las nueve llegamos al Mirador de Trévelez. Delante de nosotros se abrían las imponentes moles del Mulhacén, el Veleta y la Alcazaba. El autobús regresó vacío a Capileira y los excursionistas nos fuimos dispersando en distintas direcciones, algunos hacia Siete Lagunas, otros hacia Las Tomas y otros más hacia el refugio de Poqueira. Nuestra intención era, dado lo difícil que nos habían descrito la subida a la cumbre y el mal tiempo pronosticado, dirigirnos también primero a aquel refugio y luego ir bajando por el valle. Pero como, de momento, no se veía una nube en el cielo y el Mulhacén parecía estar a tocar de mano, nos animamos a subir "un poquito", para detenernos y regresar en cuanto viéramos que la situación empeoraba. Y así, de poquito en poquito, fuimos ascendiendo. No llevábamos crampones, pero los bastones de marcha, que siempre nos acompañan en todos los viajes, suplieron la falta de aquellos. Al cabo de cuatro horas llegamos, triunfantes, a la cumbre. ¡Qué magnífico espectáculo! Granada, en el fondo del profundo valle, y todas las montañas de la Península por debajo del nivel de nuestro horizonte. Ni una nube, calma y silencio total. Inolvidable. En cuatro horas bajamos los 2000m de desnivel hasta Campaneira, a donde llegamos justo a la puesta de sol. Luego lo celebramos con unas deliciosas tortillas de patatas regadas con cava. Al día siguiente salimos hacia Lanjarón, a donde llegamos por la tarde siguiendo de nuevo el GR7 en unos 25 km de precioso sendero matizado por toda la gama de ocres otoñales de castaños, encinas y robles. En este punto no puedo dejar pasar por alto mis felicitaciones para quienes se ocupan de mantener en buen estado este tramo del camino: calculo que encontramos, al menos, cinco brigadas de hombres que, con hoces, picos y azadas se ocupaban de desbrozar y allanar el sendero, que por otra parte estaba magníficamente balizado y señalado en todo su recorrido. Creo que, en este aspecto, otras regiones de España tendrían mucho que aprender de los granadinos. En Lanjarón no resistí la tentación de llevar a mis compañeros a cenar al restaurante "Los Mariscos", siguiento una vez más los consejos de Juan Holgado. Tampoco esta vez me tuve que arrepentir y comimos pescado muy fresco y a un precio razonable. Tras pagar la factura le expliqué el motivo de la elección de su establecimiento al propietario que tan bien nos había servido. No sabía el hombre que, aunque no estuviera recomendado su restaurante en la guía Michelin, sí lo estaba en Andarines y tomó nota de la dirección de esta web para poder tener la satisfacción de comprobarlo con sus propios ojos. Tras aquella noche en Lanjarón, regresamos en autobús a Málaga, de donde salía nuestro vuelo al día siguiente. Antes, sin embargo, nos detuvimos unas horas en Almuñécar para refrescar nuestros cansados pies en las cristalinas aguas de sus playas y despedirnos por una temporada del calor y la luz del Mediterráneo, que tanto vamos a echar en falta durante los largos meses de ártico frío invernal. ©José-Andrés Miralles Ver más artículos y reportajes del mismo autor>>
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