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Pasear para conocer SEGOVIA Entre dos aguas Los cursos del Eresma y el Clamores pueden pasar desapercibidos al turista que visita Segovia, pero estos rios y su erosión, conformaron la ciudad
Desde el Azoguejo, al pie de de donde el Acueducto alcanza mayor altura y compone una de las imagenes más representativas de la ciudad, subimos por la calle Real en la que los establecimientos tradiccionales se han revestido para hacer guiños al turista. Una curva y llegamos a la plaza de Medina, donde se alza la estatua de Juan Barvo, y así es como llaman a esa plaza la mayoria de los segovianos; pero citarla por su nombre y recordar la honrosa actitud de la ciudad de Medina del Campo, que se negó a entregar las piezas artilleras con las que el pesquisidor Ronquillo pretendía hacer fuego sobre Segovia, es obligado. Incendiada fue Medina por no prestar sus cañones para el asedio de Segovia. Al
final de la cuesta, la plaza Mayor, y en sus cafeterías un buen
sitio para observar el comportamiento de la "fauna" segoviana:
intelectuales y artistas que huyen, o dicen huir, del bullicio, profesionales,
madereros de Valsaín e industriales varios, ... En los jardines que hay ante la fortaleza, es muy conveniente dar un vistazo por la barandilla de la izquierda hacia el valle del Clamores, pero imprescidible el hacerlo por la derecha; hacia la iglesia de los Templarios, el pueblo de Zamarramala, y los cañones horadados en la estepa castellana por timidas corrientes de agua que vienen en busca del Eresma. Y hay que bajar al Eresma y cruzarlo, para desde El Parral remontar el rio por los amplios caminos de la arboleda, hasta el barrio de San Lorenzo. En esas orillas se alzaron molinos papeleros y la Real Fábrica de la Moneda, y las aguas, aunque no sean espectacularmente abundantes, fueron fuerza motriz de la tecnologia punta de otro tiempo. Plaza e iglesia de San Lorenzo tan imprescidibles de visitar, como lo fuera recalar en la churreria de ese barrio tras una correría noctuna por bares y discotecas. Cuando desde allí retornemos al Azoguejo habremos echado la mañana, pero sería muy conveniente que pudieramos echar al menos media tarde para seguir al lado dell acueducto, o sus restos, hasta las afueras y desde allí bajar sesgado y callejeando hacia el valle del Clamores; para luego paralelos a él acercarnos a la Fuencisla, y desde allí ver el Alcazar convertido en gigantesco mascarón de proa. Puede que la jornada se nos escape sin ver la esbelta torre de San Esteban, la pequeña San Quirce, ... y mucho más que hay que ver; pero cuando lo veamos tendrá mejor sabor. © Luis García Arranz agosto 2002 |
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