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En
la cumbre de la Mogorrita (Serranía de Cuenca)
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Mi
afición por la montaña empezó hace unos
treinta años, cuando mis veinte y algo bullían
correteando monte arriba y monte abajo. Siempre me dediqué
al senderismo. Nunca fui lo suficientemente valiente como para
atacar altas cumbres, a pesar de la gran admiración que
sentía por ellas y por quienes las escalaban. Pertenecía
a un club de montaña madrileño, Galayos, en el
que había todo tipo de niveles, y en general un ambiente
estupendo, que me hizo amar la naturaleza más aún
de lo que ya lo hacía. Mis salidas, por motivos personales,
se limitaban a una jornada y por tanto a la zona más
cercana, Guadarrama. Esto hizo que conociera bastante esas montañas,
y un absoluto desconocimiento del resto, solo por las referencias
de mis compañeros tuve alguna idea de las grandes alturas.
En
1.977 me casé y la venida de los hijos me hizo colgar
las botas y guardar el macuto. Ahora que son mayores, he vuelto
a desempolvarlos, a pesar de que mis días libres son
muy escasos y mi preparación deja mucho que desear por
el tiempo transcurrido, y… los años… Esta carencia la
suplo con la ilusión de recuperar algo tan querido.
Una
tras otra, mis "rutas sencillas" van cayendo. Las
hago acompañada de mi marido, que comparte la misma afición.
Conocemos nuestras limitaciones, así que nuestras rutas
son bastante cómodas, aunque no por ello menos bellas.
Debe haber sitio para todos, y creo que he descubierto unos
enclaves preciosos, poco frecuentados, que merecen la pena ser
dados a conocer. Me estoy refiriendo a la zona del Alto Tajo
y la Serranía de Cuenca. Me encanta caminar por lugares
casi vírgenes en los que con frecuencia tenemos que ir
abriéndonos paso entre maleza y buscar casi con lupa
los senderillos que nos lleven al final. No es la primera vez
que se cruzan en nuestro camino animales como corzos, gamos,
jabalíes… en su habitat natural. A veces no encontramos
a nadie en todo el día, otras algún pastor o forestal
con el que solemos charlar un rato, lo que crea un contacto
humano muy agradable. Algunas rutas discurren por pistas en
las que circulan coches y esto ya no es tan agradable, pero
el recorrido suele merecer la pena.
Mi
propósito es continuar haciéndolo.
Charo
Bustamante septiembre 2003
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