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Un
paseo con Juan Holgado.
La
integral de las Sierras de Antequera (8-2-03)
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Salimos
a las 8 h. Y comenzamos a subir por las Orejas de la Mula
(Peñón de Vallejos).
Era
el comienzo y andábamos con mucha precaución.
Bien en nuestros pasos, bien en nuestro trato.
Acabábamos
de conocernos (Hasan y yo a Juan H.) y todo eran expectativas
y buen tono.
Los
muchachos me dejaban ir la primera. Con mucha educación
Juan me cedía el paso, no queriendo pecar de autosuficiencia.
Yo andaba consciente de mis limitaciones y sabiéndome
en inferioridad de condiciones. Me dejaba ir con una gran
ilusión y agradeciendo el cumplido.
El
día amaneció gris y lloviznaba.
Los
montes se asomaban para curiosear ligeramente detrás
de las nieblas. Nos miraban apenas y desaparecían con
discreción.
Protegidos
con los impermeables, seguíamos la vereda que, a veces,
desaparecía y nos hacía dudar. Aún a
pesar de la poca visibilidad, no había pérdida.
El
Camorro se presentó ante nosotros tan majestuoso como
siempre. Los matices eran pálidos esta mañana.
Salía el "sol de los gitanos", que llaman,
aquel que se revela parco en luces y calor. Los paisajes lejanos
se debatían entre los grises y opacos.
Tras
el té de Hasan, junto al vértice geodésico
y con una suerte de calor que el Sol se dignó regalarnos,
saboreamos el desayuno.
No
hacía aire. Enseguida enfilamos las crestas y descendimos
con cuidado hacia las "Carihuelas". El suelo
estaba húmedo y había barro.
Una
vez en las "Carihuelas" cogimos la vereda de Duarte
y seguimos derechos, sin subir a su Puerto, por el Torcal
Bajo.
La
conversación era amena. No dejábamos tregua
al silencio. Lógicamente teníamos curiosidad
unos por otros. Una bandada de chovas pitirrojas, negras,
pico rojo, estaba posada junto a unos caballos que pastaban
impasibles a nuestro paso. Levantaron el vuelo y se posaron
varios metros más adelante.
La
vereda, ancha, no presentaba ninguna dificultad. A nuestra
derecha nos vigilaba la gran pared de piedra que separa el
Torcal Alto del Bajo. Ésta parecía un buque
fantasma que navegara paralelo entre las brumas espesas dejándose
ver apenas.
Las
chovas volvieron a alzar el vuelo y, de nuevo, se posaron
más adelante, sin dejar la ancha vereda.
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Miramos
hacia atrás y vimos que el Camorro se tornó
negro y borrascoso.
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Miramos
hacia atrás y vimos que el Camorro se tornó
negro y borrascoso.
Juan
iba encantado. Se dejaba impresionar por las formas caprichosas
de las rocas y expresaba con admiración sus sentimientos
de simpatía más sinceros.
Las
aves volvieron a levantar el vuelo. Antecedían nuestra
marcha como mensajeros indiscretos.
La
vereda comenzó a estrecharse, el terreno ascendía
y se encajonaba entre dos lomas pedregosas. Las grajillas
pitirrojas no tenían más espacio y decidieron
volver junto a los caballos. Levantaron el vuelo entre gritos
de protesta, se reagruparon y dibujaron una majestuosa curva
sobre el fondo de plata del horizonte.
Gracias
al GPS resolvimos algunas dudas que se plantearon en nuestro
itinerario.
A
pesar de la niebla, Juan tenía las cosas muy claras
y seguimos obedientemente las indicaciones de la técnica.
Efectivamente
salimos al lugar exacto donde queríamos llegar: las
canteras.
Hasan
propuso detener la marcha para el almuerzo y así lo
hicimos. Junto al carril resguardados del viento y al calor
de unos leves rayos de sol, tomamos unos bocadillo y un baso
de te.
Salimos
hacia el Mirador de Diego Monea y caminamos por la carretera
que sube al Torcal, pero en dirección contraria, descendiendo
hacia la Boca del Asno.
Esta
parte se hizo más rápida por la facilidad del
trayecto y la fuerza recuperada tras el descanso.
Resultaba menos interesante por lo conocida, pero los fondos
del paisaje aparecían imponentes.
El
día seguía plomizo. Algunas zonas despejadas
dejaban pasar la luz con cierta brillantez, iluminando, ahora,
el Pueblecillo (Villanueva de la Concepción) que semejaba
un merengue dorado sobre una fuente de chocolate.
Otras
zonas por el contrario, se veían negras y nubosas como
el Torcal y las Sierras posteriores. Ahora tomamos por el
carril que parte desde la Boca del Asno hacia la Sierra de
las Cabras.
Mientras
ando tras ellos, Hasan y Juan van charlando muy animadamente,
empiezo a notar un cierto cansancio.
"Yo
quiero ser como Juan." Pienso. "Míralo, parece
que va paseando por un parque madrileño. ˇComo si no
llevara 20 Km. de recorrido! ˇDios! ˇSi yo voy casi cabreada
por este dolorcito de las lumbares...!
Hasan,
por su parte, tampoco mostraba signos de cansancio, iba charlando
de uno de sus temas preferidos: la política internacional.
Ambos dos, son buenos conversadores y el menú estaba
servido... Sin embargo, tras unos pasos, se detienen para
esperarme.
Respiro
hondo. ˇBueno! ˇYa solo queda la Sierra de las Cabras! y luego...
ˇa bajar por la Hiedra!
Superada
la pajarilla..., dejamos el carril tras pasar varios cortijos,
alguno en ruinas, y comenzamos a subir por la vereda hacia
la Sierra. Allí divisamos unos buitres muy a lo alto
y unas vistas privilegiadas, pero a retazos. De nuevo, me
sentía fuerte y con ganas de continuar.
El
paisaje me alteraba la sangre de las venas y su belleza actuaba
de bálsamo ante el cansancio. Tomamos la vereda, hacia
el pico más alto, faldeando el monte por nuestra derecha.
El terreno parecía hundirse, en ciertos lugares, hacía
como calvas de tierra descendiendo en escalones de un metro
de altura aproximadamente. La erosión de las lluvias
recientes marcaba su huella.
En
la cima, las cosas empezaron a ponerse feas. La tarde se oscureció,
la humedad de la niebla se hizo más latente y con gran
tesón subimos al vértice. No se veía
nada más allá de unos metros y empezó
a lloviznar.
El
último sorbo de te no fue posible, pero sí uno
de leche templada que aún quedaba. Esto nos hizo recuperar
las fuerzas en el, también último anhelo de
completar nuestro periplo.
Rápidamente
y movidos, en mucho, por las ganas de llegar a la meta, aligeramos
los pasos. Descendimos el pico y atravesamos el Hoyo Díaz.
Tomamos el atajo de la salida natural del arroyo de la Hiedra.
La
adrenalina subió sus niveles. El curso estaba seco
pero la humedad era grande y las piedras resbalaban. La maleza
se agarraba a nuestras prendas con fuerza y nos hería
sin piedad, señalando las manos y rostros casi con
saña.
La
luz era cada vez más escasa, la pendiente muy fuerte,
las rocas muy poco amistosas...
-żEs
por aquí?
-No.
ˇPor aquí no se puede, a ver por aquel otro lado...!
-Sí,
este vale.
-Aquí
hay un hueco, me cuelo.
-ˇTen
cuidado, Carmen! -previene Hasan.
-No
te preocupes, ˇva bien, va bien.!
-Ya
queda poco.
-ˇHay!
ˇMi mano!, ˇcoño con los pinchos! -se me escapó.
Tienes sangre en la oreja...
-Sí,
me ha cogido una zarza... -decía Juan. Y añadía
con razón;
-
ˇSi vengo solo, no se me ocurre nunca meterme por este sitio...!
-Cierto,
está difícil. La bajada es malilla..., -asegurábamos.
-Ya
casi estamos. Con esto hemos evitado dar un rodeo.
-
Y hemos ganado tiempo.
Salimos,
por fin, de aquel atolladero y me pareció haber nacido
de nuevo.
ˇQué
alegría ver aquella gasolinera de la Fuente de la Hiedra!
Donde nos esperaba Ricardo para llevarnos de vuelta a Antequera.
La
tarde caía lentamente. La oscuridad llamaba a la puerta.
Ahora, nuestras miradas brillaban cargadas de complicidad.
Un día juntos, había bastado para dar un giro
completo a la relación de tres personas. La mañana
nos había recibido con cortesía. La tarde nos
despedía con el obsequio de la amistad.
Amistad,
satisfacción, recompensado esfuerzo...
Sensaciones que se mezclaban y saturaban mi alma de pensamientos
"alegres". Como aquellos del niño Peter Pan
que le hacían volar con sólo recordar uno.
Durante
semanas he recordado estas sensaciones saboreando cada pensamiento
y allí, en el lugar donde me encontrara, algo en mi,
comenzaba a flotar, disparándose hacia arriba ˇflash!,
como una flecha, haciendo que mis recuerdos me transportaran
directamente a aquellos lugares de tan enorme belleza.
©
texto, fotos y croquis Carmen Rosa Aguayo. Antequera.
25-2-03
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