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Pasear
para conocer CÓRDOBA
Por
la ribera del Guadalquivir
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muy cerca del centro de Córdoba, en un plano inferior,
sólo unos metros más abajo, te hallabas aislado,
como en el paraje más solitario...
Un
día de este diciembre pasado, que ayer murió
para el calendario, no así en mi corazón. Por
razones personales, las circunstancias me llevaron a Córdoba,
mi ciudad natal. Salí de ella con 23 años y
sólo he vuelto, eso sí, cientos de veces, para
estar de paso.
Debía someterme a una operación quirúrgica
y me preparé mentalmente para ello con bastante antelación.
Ataqué desde varios frentes, con idea de controlar
bien la situación: el cuerpo, la mente y el espíritu.
Al cuerpo le di ejercicio físico y una alimentación
adecuada.
A la mente la entrené en la relajación y la
respiración.
Al espíritu le di trabajo extra: lecturas, meditación,
afirmaciones....
Todo ello, firmemente compactado en mi interior, fue enriquecido
con la mejor de las decisiones que he tomado en mucho tiempo:
las sesiones de siatsu por María Mazzella. Donde se
consiguen, entre otras cosas, verdaderos momentos de paz y
relajación.
La intervención la haría un buen amigo, sobre
las 12'30 h.
Me
levanté temprano completamente despejada. Desde las
cinco estuve trabajando en mis escritos. Sobre las 7 y media,
desayuné con mi madre y salí rápidamente
a dar un paseo. Había leído que antes de una
intervención quirúrgica, sería muy conveniente
hacer un ejercicio físico intenso. Esto facilitaría
una actitud relajada y ayudaría a enfrentar mejor el
estrés. Mi afición por el senderismo me hizo
pensar en una marcha. Me puse mis viejas botas, me colgué
la cámara y ¡a volar!
Disponía de tres horas.
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Molino
junto al Botánico ©
Carmen Rosa Aguayo
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Puente de San Rafael
©
Carmen Rosa Aguayo
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Desde
Ciudad Jardín salí en dirección hacia
la zona de la Ribera.
El tiempo se presentaba nublado, plomizo. Caía sobre
Córdoba una sensación densa, pesada. No obstante,
el día quería romper por el Sur.
Por La Av. Conde Vallellanos caminaba a buen ritmo. Junto
a mí, los coches gritaban roncos. Iban furiosos al
trabajo. Imponían respeto. Los guardias respondían
con sus flautines agudos, desafinados, dando manotazos impotentes...
Una
vez en la Av. Del Corregidor dejé a mi derecha la calle
que lleva al Jardín Botánico, atravesándola
para tomar el Puente de San Rafael. Nada más entrar,
me asomé a ver el Río Guadalquivir. La frondosidad
del cercano Jardín Botánico me regaló
una intensa frescura verde. Desde arriba, vi que habían
construido un carril que descendía hacia el río
junto al antiguo molino y continuaba a lo largo de la orilla,
bordeando el lado sur del Jardín.
Retrocedí
unos pasos y descendí por allí hasta aquel lugar.
La luz era perfecta para la fotografía. El día
nublado, enriquecía los matices y mostraba los objetos
y lugares con todo su potencial.
Esta mañana, después de una semana de lluvias
continuas, el alma del Guadalquivir se sentía pletórica:
el caudal era desbordante.
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,,, me acerqué al río.
Y de pronto, como por arte de magia desapareció
el ruido de la ciudad...
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Por
aquel camino, que daba a la puerta trasera del Botánico,
me acerqué al río. Y de pronto, como por arte
de magia desapareció el ruido de la ciudad. Éste
fue sustituido por un silencio absoluto, roto, sólo,
por el sonido de las aguas. El efecto era curioso: muy cerca
del centro de Córdoba, en un plano inferior, sólo
unos metros más abajo, te hallabas aislado, como en
el paraje más solitario.
Los
transeúntes habían quedado sobre el puente con
su cara triste de la rutina.
El
primer ojo del Puente de San Rafael, quedó paralizado
bajo mi cámara, destacaba este mágico silencio
y las cañas empuradas sobre un manto verde. Al fondo
se podía apreciar la Torre de la Calahorra
La
mañana comenzaba a sonreír.
Rodeé
el molino y plasmé la belleza de las aguas y la humedad
de la piedra.
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,,, transitadas
otros tiempos, ahora se cortaban inciertas, sin llegar
a ninguna parte. ...
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La
oscuridad de una ventana enrejada me hablaba de la dureza
del Río, de aquellas personas que habitaron aquella
aceña, gente ruda y trabajadora.
Las
escaleritas verdinosas, transitadas otros tiempos, ahora se
cortaban inciertas, sin llegar a ninguna parte.
Después
de saborear con gran placer todo aquello y sin dejar de estar
sorprendida, por la reconstrucción del lugar, regresé
al Puente y crucé el Río.
De
nuevo, el caudal de arriba, el de la ciudad, rugía
bronco en mis oídos como una fiera desatada, que me
hacía desconfiar y aligerar el paso.
Con paso firme, crucé a la acera de enfrente, tomé
la Avenida de Fray Alvino que va paralela al Río y...,
volvió de nuevo el silencio.
Esta calle, comienza con unos jardines muy cuidados y se prolonga
hasta la Av. De la Confederación y la Torre de la Calahorra.
La
mañana seguía fresca pero indecisa. La niebla
dejaba un estrecho paso a los rayos de sol, que tímidamente,
enfocaban, eso sí, con gran acierto los lugares más
bellos.
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Sotos de la Albolafia,©
Carmen Rosa Aguayo
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Así,
en el Río, destacaban considerablemente Los Sotos de
La Albolafia. Monumento Natural desde el 2 de octubre de 2001,
se trata de un paraje que se forma en medio del Guadalquivir
con el material que traen las aguas en su curso. En él,
se instalan una gran variedad de aves y plantas muy diversas,
favoreciendo la formación de un hábitat muy
peculiar.
Dado
el lugar donde se encuentra, se produce una perfecta integración
del patrimonio natural y cultural. Sirviendo,
además, para el estudio de avifauna asociada y la investigación
de ecosistemas de ribera.
Otra
vez el Río había ganado la batalla a la Ciudad,
permitiendo, en su seno este peculiar Monumento.
El
otoño se había encargado de dar su toque de
color a todas y cada una de aquellas plantas, que gozaban,
además, del más bello telón de fondo:
El Alcázar, La Mezquita, El Palacio Episcopal...
Me
detuve un rato, cogí aire y me sentí muy cercana
a estos viejos lugares, estaba en mi ciudad.
La poesía tomó cuerpo.
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Puente Romano
©
Carmen Rosa Aguayo
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Y,
por fin, el Puente Romano.
Puente Romano, ¡viejo puente!, ahora, el Sol me acompañaba,
ya, con suaves tonos, pero le sonreía a él.
La
niebla se abrió como en ángulo agudo: la luz
penetró únicamente sobre los edificios del fondo.
Estos, ofrecían sus mejores galas para reflejarse,
sobre las aguas.
¡Cuántos
caminantes no habrán pisado tus viejas piedras con
la ilusión de conquistar la ciudad por este acceso
único, en el curso de los siglos! Y..., se han vuelto
conquistados por ella...
Así
pues, junto a la Calahorra, dirigí mis pasos hacia
el Puente, consciente de ser una privilegiada, como tantos
otros miles en miles de años.
Crucé
la calzada y me asomé, de nuevo, hacia los Sotos de
La Albolafia. Desde allí se aprecian cinco edificios
semiderruidos pero en pie, aún, salpicados a lo ancho
del Río. El primero, junto a La Torre, me deja paralizada
por su tremenda hermosura. Ahora, el Sol se retira respetuoso
y se inclina, como yo, para dar paso a la dama blanca. La
niebla, que confirma su poderío y nos muestra, cómo,
la humedad, se ha hecho dueña de este Molino harinero,
ya en desuso, cubriéndolo con un manto de hierba y
musgo.
La
corriente atraviesa las entrañas del Molino de San
Antonio y más allá, se expande orgullosa, satisfecha
por tal proeza.
Continuo
mi recorrido.
Abren
las nubes sus ángulos más amplios y luce de
nuevo el Sol. La luz sigue siendo perfecta. Otro molino se
esconde bajo las ramas y se deja avasallar por aves y plantas.
A
la derecha resalta un tercero, semiderruido, también,
pero alegre por recibir ese calor seco que ahora se agradece.
Al fondo se aprecia el Puente de San Rafael cargado de tráfico,
sosteniendo un peso infernal de estridente metal.
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Molino
de Kulaib
y Noria de La Albolafia
©
Carmen Rosa Aguayo
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El
agua, fango verdoso,
La higuera, dormida o muerta,
La piedra, marrón oscuro,
Y las ventanucas, negras.
¡Álamos,
dadme amarillo!
¡Dadme vuestras hojas tiernas!,
que derritan este verde,
que me calienten las venas!
Gime
de frío La Noria,
Quieta está, su alma, yerta,
¿quién recuerda, ya, su gloria?
Sola, en el olvido, reina.
El
Río pasa de largo,
Ignorando tanta pena,
Y ella quisiera ser útil,
Perfil, Luna llena.
Aquella
que antaño fue
en la Córdoba Sultana,
con los cántaros repletos,
dándo sus sones al alba!
Nadie
escucha sus gemidos,
Nadie recuerda su gracia,
Sólo los verdes la quieren
Y los álamos la abrazan,
Formando un lecho de hierba,
Para cuando, un día, caiga.
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Finalmente,
casi llegando a la otra orilla me encuentro con la vieja noria
que da su nombre a los Sotos: La Noria de la Albolafia, en
el Molino de Kulaib.
Me acerco y contemplo ¡cuánta hermosura!
Otra vez, la luz había cambiado, a su capricho. El
día se puso gris y los tintes se oscurecieron. La nostalgia
me inundó el alma...
Fácilmente
se puede descender al pie del Molino de Kulaib a través
de una escalinata que parte desde la Av. Del Alcázar,
a la altura del Palacio Episcopal. Esta escalera da acceso
a los bellos y recoletos Jardines de La Ribera. Pero también
permite acercarse al pie de la Noria, a través de una
vereda.
Eucaliptos,
álamos, higueras y otras plantas de ribera se asientan
aquí con gran difusión, proporcionando frescura
y belleza.
Veo que un grupo de jardineros municipales se afanan con empeño
en "poner guapos" los Jardines. Que dan al paseante
una perfecta sensación de limpieza y armonía.
Están muy bien cuidados.
Escaleras
arriba, vuelvo a La Ribera, frente al Palacio E. Y, por encima
del bordillo que forma el muro de contención del río,
junto a la acera, sobresale la rueda de la Noria. Las palomas
se han hecho dueñas de las alturas. Fieles acompañantes,
campan sobre los restos del molino y se colocan caprichosas
en los perfiles de plata.
Decido
continuar por el Paseo de la Ribera aguas arriba, hasta el
final, donde se halla la Ermita de Los Santos Mártires.
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Una
obra moderna me sale al encuentro, me detengo y me acerco
a los viejos que allí se agrupan . Pregunto,
curioseo y me cuentan que están haciendo un puente
nuevo
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El
Guadalquivir se muestra imponente. Contagiando su fuerza a
los paseantes que lo contemplan con respeto.
Una
obra moderna me sale al encuentro, me detengo y me acerco
a los viejos que allí se agrupan . Pregunto, curioseo
y me cuentan que están haciendo un puente nuevo. Efectivamente,
en la otra orilla se puede ver cómo están construyendo
el enorme puente, que se adentra en el Río hasta una
isla intermedia donde han colocado un pilar.
Me
hubiera quedado un rato escuchando los comentarios de aquellos
hombres que "vigilaban", paso a paso, la inmensa
construcción, pero mi intención llevaba otros
derroteros.
Debía
acelerar el ritmo para ejercitarme a fondo la última
hora de que disponía. Lo hice. Guardé la cámara
y me marqué un ritmo. Caminé junto al Río,
durante un buen rato.
En
la Iglesia o Ermita citada, el Guadalquivir, tuerce en ángulo
pronunciado hacia la derecha. Hay un cruce de calles y una
flamante avenida, Compositor Rafael Castro, lo acompaña,
ahora, hasta el siguiente puente, el Puente junto al Arenal.
Atrás ha quedado el Estadio San Rafael. Estamos en
el Barrio del Arenal. Zona muy amplia donde se sitúan
Los Reales de la Feria de Córdoba, que se celebra durante
la última semana de cada mayo.
Aquí
hay dos opciones: bien cruzar este Puente y caminar hacia
la Plaza Iglesia, la Plaza Santa Tersa, la Plaza Rastro y
la Bajada del Puente, hasta la Torre de la Calahorra, para
cruzar de nuevo, El Puente Romano.
O bien, regresar y desandar el camino.
Esto último fue lo que hice.
En
la Ronda de Isasa, junto a la Puerta del Puente, aproveché
para dar un último regalo a la vista adentrándome
para contemplar La Mezquita. Finalmente, crucé por
el viejo barrio de La Judería para llegar al lugar
de partida, La Ciudad Jardín.
Cuando, horas más tarde, me enfrenté
a la operación dental que había motivado este
paseo..., lo hice con una actitud positiva y un alto grado
de relajación.
El dentista pensó que me había tomado un sedante,
pero no fue así.
Mi estado de ánimos fue alcanzado por una preparación
concienzuda. Pero, sobre todo, por aquel paseo junto al Río
de mi Ciudad, que me había colmado el alma de hermosura.
Pasaban por mi mente recuerdos tan cercanos que inundaban
profundamente mi espíritu, proporcionando una perfecta
energía y un agradable bienestar. No estaba sola.
Córdoba se hallaba junto a mí.
© texto y fotos Carmen Rosa Aguayo enero de 2003
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Córdoba
tras el Puente Romano ©
Carmen Rosa Aguayo
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