|
Pasear
para conocer CÓRDOBA
Ruta
del azahar
En
Córdoba, en abril, verdaderamente se puede comprobar
que el aroma del azahar hace un amor más dulce que
la propia miel. En esta ocasión acompañamos
a dos personas, siguiendo el relato de Carmen Rosa, acompañamos
a dos personas que se dieron cita en la plaza
de de Judaleví
Los
amantes despertaron exhaustos, después de una noche
intensa de amor desbordado. Tras la ventana del pequeño
hotel, las primeras luces del alba rompían con los
sabores de lo que había sido una noche fascinante.
Así pues, la mañana veía un campo de
batalla en aquella acogedora habitación, ahora, toda
desbaratada.
Se
habían encontrado por casualidad en un restaurante
de la Judería. Ella, sentada frente a una ventana,
se sentía bien mirando aquella luz y el paisaje urbano
tras los cristales. Sólo había un grupo numeroso
de comensales que iban llegando por alguna suerte de celebración,
debían ser profesores, gente educada.
Andrea
sacó un bloc de notas y comenzó a escribir como
era su costumbre. Le encantaba pasear a solas por la Ciudad
y refugiarse, luego, de miradas, en algún restaurante
poco frecuentado, para sentarse de espaldas al mundo y saborear
cada nuevo paseo.
No
escribía por trabajo sino por placer:
"Córdoba
está en su momento culminante. Se prepara como una
novia, para recibir a Mayo. Luego, ambos, estallarán
de amor en un acorde intenso de sonidos y colores."
Un
sorbo de cerveza le refrescó esta cálida sensación
que le hizo flotar, por un momento, de satisfacción
sensual.
Con
un movimiento relajado evadió sus pensamientos tras
los cristales durante un momento. Giró, luego, la mirada
hacia su izquierda. El grupo de comensales que ahora terminaban
de llegar llamó su atención. Uno de ellos la
dejó paralizada. Creo que es. ¡No, no es! ¿O sí?
¡Sí! ¡Es él!
El
cuerpo se le tensó en dos milésimas de segundo.
Toda su paz, se esfumó de repente. "¡Dios mío,
que no me vea!"
Mirando
para otro lado, no dejándose ver, la emoción
embargó sus sentidos como una ola, subiendo, desde
los pies, las piernas, el vientre, el pecho. Se le encendió
el rostro, se le volaron las ideas. Las cosas materiales dejaron
de ser reales. Todo su ser cambió, se enervó
como movido por un resorte. Era Él. Lorenzo la había
electrizado.
Bebió
varios sorbos de cerveza demasiado seguidos y su mente comenzó
a frivolizar a gran velocidad. "¡Horror, se ha cambiado
de sitio! -Pensó mientras miraba con el rabillo del
ojo- ¡Ahora se sienta mirando hacia mí! Me ha visto.
Me sonríe. Le saludo. No me ve. Está hablando
con la chica que tiene de frente. Esa sonrisa no iba para
mí."
Andrea
miraba hacia otro lado. Intentaba releer sus notas. "Ardo
de nervios por dentro. ¡Controla, tesoro, controla! Los movimientos
al milímetro."
Miraba
de nuevo hacia aquel lugar, aunque tenía que vencer
una imaginaria resistencia que le ofrecía el aire al
girar la cara, como si una enorme mano la estuviera reteniendo.
Sin embargo, lo consiguió:
¡Me
parece que., Dios! ¡Se está acercando! ¡Hay coño!
¡Que viene! Bueno... ¡Al toro, por los cuernos! ¡Vamos allá!
Lorenzo
se había levantado al verla y se acercaba sonriente.
Ella se levantó también para saludarlo.
-¿Qué
tal?
-¿Cómo
estás?
-He
leído tus escritos en la Web. -dijo Lorenzo mostrando
una amplia sonrisa.
-¿Sí?
("Las piernas, Andrea, que no se noten los temblores").
¿Y qué te han parecido?
-Me
han gustado mucho.
-Me
alegro ("no cruces los brazos, que te hace gorda").
Te lo agradezco, me encanta que me lo digas, ¿dónde
te metes?
-En
una sierra preciosa. Vengo asombrado.
-¡Cuéntame
todo! ("cambia de postura, ponte más mona").
-¡Unos
bosques muy extensos! ¡Unas encinas enormes! Una casita rural
de unos amigos, un encanto.
-¡Qué
bien! ("El campo le ha sentado de maravilla, ¡qué
guapo está!").
-Me
he quedado con ganas de volver allí de nuevo.
-Sí,
conozco el lugar. Es una sierra hermosísima.
-Estoy
comiendo con unos compañeros. ¿Te unes a nosotros?
-Me
encantaría pero, he quedado con una amiga. La estoy
esperando.
-Pues.
¡no me negarás luego un café!
-De
acuerdo. Un café. ¿Dónde?
-¿A
las cuatro en Judaleví?
-Muy
bien.
Sujetando
caballos desbocados, Andrea conversaba con su amiga delante
del cubierto. Con una conversación que no sabía
bien de qué iba. Con la cabeza en otro lugar. Varios
metros más allá. Su mente la atosigaba aún.
("La espalda recta, que no te salga chepa, los movimientos
elegantes"). Sonreía. Conversaba pero no estaba
ahí. Estaba encendida. Le brillaban los ojos. Disimulando,
comía con esfuerzo, intentando tragar cada segundo
de aquel momento intenso.
El
encuentro la había dejado francamente embriagada. Le
echó la culpa a la cerveza, pero luego, recordó
que era sin alcohol. ("Este Lorenzo me hace tambalear").
Tras
el almuerzo, se despidió de su amiga y se dirigió
al apartamento, cerca de la Plaza de Judaleví. Donde
horas más tarde había quedado con él.
Tenía tiempo de descansar un rato. Luego, se dio un
baño relajante y se arregló para la cita.
Se
sentía feliz. Había recuperado toda la confianza
en sí misma y ahora veía al hombre con simpatía
y afecto. O quizás, se estaba engañando, para
afrontar la cita con cierta relajación. Sobre el nerviosismo
de aquel encuentro, había cargado las culpas al factor
sorpresa y a su timidez. De esta manera logró convencerse
y superar sus miedos.
Lorenzo,
por su parte, también tuvo que hacer algunos esfuerzos
para sobreponerse a la impresión que Andrea le causaba.
Sabía
que ella le gustaba. Pero no se permitía dar rienda
suelta a otra relación. Ya salió bastante dolorido
de la anterior y cerraba su corazón a cal y canto.
Aún se sentía vulnerable.
Pero.
Abril llamaba a la puerta
A
las cuatro en Judaleví
| .. |
- Plaza
de Judaleví.
- Plaza
de Maimónides.
- Calle
Cairuan: Las Murallas
- Plaza
de Almodóvar. Cruz Roja.
- Paseo
de la Victoria
- Avenida
de la R. Argentina.
- Avenida
del Conde Vallellano
- Puerta
de Sevilla: Murallas
- Aparcamiento.
- Puente
bajo la Avenida del Alcázar
- Jardines
de la Ribera: Río
- Ronda
de Isasa: Noria y Puente Romano.
- Puerta
del Triunfo
- Mezquita,
Patio de los Naranjos.
|
| |
|
Ambos
llegaron puntuales a la Plaza. Aquellos naranjos en flor desprendían
un olor intenso que de inmediato les embriagó los sentidos.
A la vez, también, levantaron la cabeza siguiendo el
rastro de la flor.
Sonriendo
tomaron asiento en la terraza de aquel restaurante, bajo los
árboles y comenzaron una conversación muy especial.
No
había bullicio en aquel rincón soleado. Apenas,
varias personas que se volatilizaron como por encanto a los
ojos de la pareja.
Ella
conversaba y sonreía confiada. Él observaba
amable, reflexivo. La tensión de unas horas antes,
había dado paso a una suerte de pequeñas sensaciones
agradables.
Tomaron
una infusión y decidieron pasear.
-"Busquemos
el azahar" -dijo ella.
Desde
aquel momento, la hermosa flor se les unió y fue una
constante guía.
Por
las estrechas callejuelas salieron a la Plaza de Maimónides.
Junto a las viejas murallas, toda una hilera de naranjos espléndidos
les marcaba el camino. El murmullo del agua del canal daba
los sonidos de fondo a una conversación divertida.
El piso empedrado les obligaba de vez en cuando, a saltear
algunas piedras mal colocadas y a rozarse levemente sin pretenderlo
ninguno -al menos aparentemente.
Ni
Andrea ni Lorenzo querían reconocerlo, pero era evidente
que algo había surgido bajo los naranjos.
Llegaron
a la fuente de la Puerta de Almodóvar y doblaron hacia
el Paseo de la Victoria. Allí se encontraban los coches
de caballo y hasta hace pocos años, se ubicaba la Feria
de Mayo.
La
flor les indicaba en línea recta. Todo el Paseo se
hallaba al máximo de su potencial oloroso. Los azahares
se desbordaban volviendo blancos los verdes.
Cada
árbol, como una droga suave, sumaba un tanto de sensualidad
sobre las palabras, los gestos, las sonrisas, etc., de Lorenza
y Andrea.
Él
hablaba ahora sobre sí mismo, sus amistades, circunstancias.
Ella escuchaba realmente interesada.
Los
jardines de la Victoria estaban espléndidos: lilos
en flor, plátanos, paraísos, un sin fin de variedades
de árboles y plantas en toda su plenitud.
Un
giro a la izquierda los condujo a La Avenida de la República
Argentina para bajar lentamente por Conde Vallellano hacia
la Puerta de Sevilla.
En
ella, otra vez las murallas de la antigua ciudad, les salían
al encuentro.
Continuaron
junto a ellas y volvieron a escuchar la pequeña corriente
de agua que transcurría canalizada hasta el Río.
El
camino de albero se fue estrechando, poco a poco, flanqueado,
a la izquierda por la muralla y a la derecha, por otro alto
muro coronado de jardines y arboleda.
Los
naranjos seguían acompañando a la pareja que
veía estrecharse, también, el cerco que los
rodeaba.
El
camino pasaba bajo la Avenida del Alcázar y venía
a dar al Guadalquivir. Unos jardines permitían continuar
la marcha junto al Río. Que fluía manso por
esta parte. No se escuchaban los ruidos de la Ciudad. Sí,
los cantos de las aves de los cercanos Sotos de La Albolafia.
Un
banco les ofreció un descanso. Ellos lo aceptaron gustosos.
Se sentaron y. se hizo un silencio intencionado. Entonces
se impusieron los murmullos. Atentos. Ambos observaban con
interés. Se encontraban cómodos. Apenas movían
un músculo. Reinaban las aves, el aire, el agua.
Andrea
respiró hondo, con cuidado. El sol calentaba los rincones
del jardín y, también, sus sentimientos. Acababa
de descubrir que a Lorenzo, le gustaba el silencio. Y, al
igual que ella, sabía apreciarlo.
Andrea
lo miraba fugazmente y se encontró con la mirada de
él. Una sonrisa directa a los ojos. Un instante que
se eternizó. Con un gesto rápido retiró
la mirada.
Él
también.
Ambos
se guardaron esa sonrisa en un lugar muy seguro del corazón.
Sobre
el suelo, de pronto, dos gorriones rivalizaban entre sí
con cierto escándalo. Llamando su atención.
Un tercero observaba dando pequeños saltos en rededor.
Debía ser la hembra. Ellos seguían callados
y atentos. Miraban el juego de las aves y sintieron de nuevo
la llamada de Abril. Algo quería salir de allí
con mucha fuerza. Pero. Ninguno se movía. Solo los
pájaros continuaban con su trifulca de celos.
Sabia
Naturaleza, que no pone límites a aquello que no debe
llevarlos.
Al
poco, continuaron el paseo y llegaron junto a la escalera
de piedra. Un senderillo les acercó a las ruinas del
Molino de Kulaib. Ante ellos apareció la hermosa Noria
de la Albolafia.
Se
diría que estaba observándolos. Quieta, alta,
recia, desde las alturas de piedra. Abril mostraba allí
una gran difusión de verdes salvajes. Del jardín
recortado habían pasado a la naturaleza libre. No sólo
las aves tenían alas allí. Todas las planteas
crecían sin ataduras bajo el reinado de la vieja Noria.
Lorenzo
y Andrea seguían evitado el más leve roce entre
ellos. Ambos se ponían límites. No obstante
sus sensaciones iban en aumento y tomaban fuerza a cada paso,
en dirección contraria a la de sus pensamientos.
Podían
sentir cómo Abril susurraba a la Noria palabras de
amor.
Andrea
sintió un ligero escalofrío y se le erizaron
los bellos. Lorenzo, con las manos en los bolsillos, mostraba
un cuerpo esbelto y atractivo. Con aire decidido, se acercó
un poco más a Andrea y quiso decir algo pero, se contuvo.
En
aquel momento una ratilla de agua cruzó a nado un pequeño
canal entre dos islas. La observaron curiosos como se alejaba
con rapidez, luchando contra la corriente. Lorenzo dijo:
-Vamos.
Hacer rato que no se siente el azahar.
-Cierto.
No perdamos el rastro.
Ahora,
la Noria le decía a su galán:
-¡Lástima!
Al menos lo hemos intentado.
-No
desconfíes -respondía Abril- Ya llevan su carga.
Una pequeña chispa y. ¡Pum!
La
risa de Albolafia retumbó como un trueno y temblaron
los vientos levantando remolinos. Bombas de intenso aroma
descargaron sobre los paseantes, que, de esta forma, retomaron
su rumbo.
| .. |
 |
| |
La
Torre de la Mezquita, vista desde el Patio de los Naranjos
© Carmen Rosa Aguayo
|
-El
patio de los Naranjos. ¡Qué belleza!
Entraron
por la puerta de la calle Torrijos y el espectáculo
fue digno de aquella tarde de abril. Un golpe de aire les
trajo un intenso olor a la flor guía. Más que
a los monumentos se acercaron a los naranjos.
La
pequeña florerilla blanca reventaba de placer formando
un mosaico blanco y verde. Las diminutas partículas
de polen caían casi imperceptibles y se podía
escuchar un leve zumbido de abejas. Igualmente, el canto de
las aves se hizo sonoro a los oídos atentos.
Sólo
faltaba el murmullo del agua y se acercaron a la fuente. Andrea
dijo:
-Mira
el fondo. La verdina tiene un color especial. Indescriptible.
-Hay
algo aquí mucho más especial que todo esto.
-¿Qué?
-dijo ella.
-Pues.
tú, Andrea, estás preciosa.
| ... |
|
| |
Patio de los Naranjos
© Carmen Rosa Aguayo
|
Andrea
sonrió un poco emocionada y bajó la mirada.
El agua de la fuente estaba helada. Bordearon por la izquierda
y contemplaron la Torre. Decidieron subir a lo alto. En la
oscuridad del interior, alumbrado sólo por algunas
ventanucas y saetas, sentían que la distancia entre
ellos se acortaba cada vez más.
-¡Andrea!
- sonó la voz grave de Lorenzo.
-¿Qué?
-contestó ella casi en un susurro.
-Quisiera
decirte que., - acercándose a ella, le tomó
la mano y la puso en su pecho -quería decirte que algo
está a punto de estallar dentro de mí. Los azahares
me han vuelto loco y no puedo callarlo más.
En
la semioscuridad, los ojos de Andrea brillaban y se podía
escuchar el pulso acelerado y fuerte.
-Sí.,
lo sé.
Entonces
se acercaron aún más, lentamente. Recorriendo
sus labios una distancia interminable.
Y
un beso suave, tímido en su comienzo, se convirtió
en el estallido cálido de dos cuerpos erizados que
correspondían sin límites al deseo, largo tiempo
sujetado.
-Lorenzo.
-¿Qué?
-Esta
Ciudad se ha propuesto enamorarnos.
-Sí.
Nunca me había sentido tan cerca de ella, como ahora.
-El
azahar hace una miel muy dulce. ¿Crees que su aroma conseguirá
esos efectos sobre el amor.?
-Solo
hay una forma de saberlo.
-Vamos.
Ya
en la habitación del pequeño hotel, los amantes
se buscan,
se
vuelven, se abrazan.
Un
segundo, quedan quietos,
con
las fuerzas desatadas.
El
instante da una vuelta.
Una
mirada.
Los
amantes, inmóviles,
comienzan
la vieja danza.
En
Córdoba, en abril, verdaderamente se puede comprobar
que el aroma del azahar hace un amor más dulce que
la propia miel.
© texto y fotos Carmen Rosa Aguayo abril de 2003
|