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Todos en el aeropuerto.

Llegada a Katmandú

Todos me dieron un montón de consejos,   llevaba una maleta grande llena de ellos en mi cabeza, algunos hasta me los apunté para que no se me olvidaran. Y es que no puedo remediar ser algo llorona, pues en el fondo me daba un poco de miedo todo esto, y claro, todos me daban ánimos y me decían lo que cada uno pensaba que me podía ayudar, que total era un paseito por el Retiro.

Sobretodo,  creo que la consigna principal y común fue una: andar a mi ritmo, muy lentamente y no agobiarme.

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Haciendo ofrenda por el viaje.

KATMANDÚ.
Sigue siendo una ciudad encantadora, eso si necesita aclimatación, como las montañas. Todo es bullicio y color en las calles, mucha gente, niños, coches, bicis, ricksaws, tiendas,... todo mezclado y a la vez. Ese primer día acabamos varios con dolor de cabeza, ¡que stress! Que nos pillan, que hay que cruzar, que donde vamos, que nos perdemos,.... Y ya se hizo alguna compra y / o encargo para la vuelta (no me pude resistir a una preciosa pantalla de lámpara de papel para mi nueva casita).

Mi buen amigo Ángel, al que debo tanto y que había estado hace poco,  solo que no como yo para andar, y si para ir a escalar el Cho-yu, me había recomendado sitios para ir a comer y coger fuerzas para el camino.  

El más aceptado por todos fue el Steak House, con un chateaubriand de 1 Kg. de carne que fue un triunfo absoluto, y eso que íbamos, no veníamos.

EL GRUPO
Éramos siete españoles divididos en dos grupos, uno de tres que iban a hacer solo el Valle de Kumbu (en el que estaban Pilar una chica canaria muy maja y Francesc y Ramón dos amigos catalanes), y otro de cuatro que íbamos a hacer además el valle de Gokyo (con una pareja de recién casados, Eduardo y Raquel, y Fernando y yo que completábamos el grupo de madrileños).

A Katmandú nos vinieron a buscar los jefes serpa: los sirdar. Teníamos durante la primera parte del viaje, doble de personal que nos cuidaban.

En el treking además cada grupo tenía otro serpa y dos porteadores.