El
tiempo despeja y podemos empezar la subida. El valle del Gokyo me
parece mucho más bonito que el de Kumbu, todo esta nevado, el camino
va serpenteando por la montaña, subimos por la vertiente derecha dejando
un precipicio a la izquierda con el río abajo.
Hay momentos
en que nieva. Vemos un rebeco, y algo parecido a una marmota. Pasamos
por una aldea en que vemos a las paisanas ordeñando los yaks y entramos
en un pequeño monasterio.
¡Que paz
se respira aquí!
PENSAMIENTOS
Esta
zona esta menos transitada por lo que te invita más a pensar.
¿Qué me
hace estar aquí? Pensaba que era una de mis ilusiones, vivir la vida
del Everest, de los serpa, de la alta montaña o al menos lo mas parecido
a que puedo aspirar que sea similar a una expedición de alta montaña.
Y sí es así, pero ahora me pregunto:
¿Qué sentido
común tiene poner tu cuerpo al límite y hasta llegar a pasarlo
mal?
Por otro
lado, realmente no nos llevamos ni compartimos nada con la gente del
país, ya que vamos con mentalidad occidental.
Consumimos,
en este caso el subir una montaña, y solo queremos llegar, subir e
irnos.
Pero,
¿lo disfrutamos? ¿y la gente del país? No nos llega nada de su forma
de vida, ni sabemos como son, como viven. Tampoco nos llega nada de
la montaña, ¿solo el objetivo cumplido, el conseguirla, el usar y
tirar?
No me
gusta, me hace sentirme inquieta.
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Niños posando
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Por
otro lado esta nuestro aceleramiento al vivir, creo que este
tipo de viaje se debería hacer con tiempo, no podemos llegar los
occidentales y pretender en 15 días conseguir adaptarnos a un entorno
en el que la gente del país lleva años haciéndolo. Lo pagamos, claro,
con el llamado mal de altura.
Además,
y tristemente como siempre, los turistas deformamos las civilizaciones
con las que contactamos. El dinero que se supone que invertimos en
las gentes de las montañas del Nepal, se lo lleva las agencias de
Katmandú y si acaso los dueños de los lodges. Pero a la gente que
realmente se lo curra, los serpas, guías, porteadores, son a los que
menos les llega.
Rompemos
su ritmo natural de vivir, generamos cantidades ingentes de basura
que dejamos allí, los tratamos con prepotencia.
Y ni que
decir de las grandes expediciones que gastan millones por conseguir
hacer un pico, de los cuales todos se gastan en su propio beneficio
y a la gente del país les llega poco.
El
otro día, cuando subía por la montaña que estaba nevando, los porteadores
pasaban con chanclas, casi descalzos. Pensé en dejarles mis botas,
pero inmediatamente me pareció deprimente mi actitud, les dejo
mis botas usadas y parece que los trato como de pobrecillos.
Lhapka
nos cuenta que en su pueblo los niños no tienen lápices ni material
escolar. El otro día, en un lodge, sacamos una goma de borrar, y los
porteadores jóvenes que llevamos se quedaron alucinando viendo como
borrábamos lo escrito.
Me siento
extraña en estos países, a veces no me resulta fácil tener un comportamiento
que me parezca considerado pero no prepotente.
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